Imágenes

Comencé a interesarme por la fotografía a los nueve años. A los once me emocionó de verdad y a los doce inicié mi registro personal. Durante mi adolescencia tuve libros en una mano y cámaras en la otra. Cuando me incorporé a la vida laboral me sirvió mucho saber manejarlas y más tarde, cuando hice equipo con los reporteros gráficos, aprendí algunas “mañas” del oficio. No tengo estudios formales más allá de media docena de talleres y muchas conversaciones con fotógrafos magníficos de toda naturaleza e intereses. Soy una autodidacta y lo que sé lo he aprendido cámara en mano. Valoro mucho la educación formal pero en este caso considero que hacer la ruta en solitario es una forma de meditar en acción.

Mi paradigma en esta disciplina es Edward Weston y mi influencia mayor es el trabajo de Chema Madoz. Trato de no hacer lo que ellos hacen, de no imitarlos, pero sí de emular su compromiso y su modo de recrear esa especie de “insilio” que algunos artistas tienen frente a las altas mareas de su realidad contextual. Me he quedado horas observando los pimientos que retrató Weston o las historias que Madoz elabora con objetos y sólo puedo sentir reverencia ante esas obras.

También he procurado ver mucho cine. Uno de mis directores favoritos es John Houston y su trabajo en Cayo Largo (Key Largo, 1948) es, para mí, uno de los mejores. Pero no reparé en la importancia de un buen director de fotografía hasta que asistí personalmente a varios rodajes de películas o cortometrajes. Conocer el trabajo de Cesari Jaworski fue muy revelador, pues es uno de los mejores profesionales que trabajan en Venezuela. La experiencia me condujo a estudiar la labor de Gregg Toland en la historia del cine norteamericano y la de Gabriel Figueroa en el mexicano. Ambos trabajos debieran ser un pasaje obligado para cualquier amante de la fotografía.

En cuatro ocasiones me atreví a estudiar archivos de fotógrafos y colecciones privadas. Las experiencias han sido más que satisfactorias, aunque muchas veces difíciles y hasta volátiles desde un punto de vista meta-fotográfico. Estar frente a una caja de luz viendo negativos durante semanas ha afinado mi ojo. Ese ha sido uno de los motivos por los que me he transformado en una coleccionista de negativos de gran formato y mucha gente me llama para asesorarla en la formación de sus colecciones.

Por otra parte, mi acercamiento a la imagen es también teórico. Mi acercamiento al análisis crítico histórico lo he recorrido de la mano de Susan Sontag, Boris Kossoy y la profesora Beatriz de las Heras, con quien estudié archivos gráficos de la Guerra Civil Española (propaganda de ambos bandos) y parte del Franquismo. Hay un librito que une un conjunto de ensayos sobre fotografía que no pudo ser editado por los momentos y pronto lo editaré yo misma.

Lo que muestro acá es un registro simple, ni artístico ni periodístico. He unido imágenes que me gustan, sin otra intenciones que la de componer conjuntos escenográficos, ajenos historias de vida, sino como marcos humanos despersonalizados. Esto me hace sentir parte de la cultura visual del siglo en el que nací. Como señaló alguna vez Arnold Newman, la fotografía “es una ilusión de la realidad con la cual creamos nuestro propio mundo privado”.

En mi laboratorio mental, sin embargo, hay un reservorio de imágenes imposibles que sólo podrían ser recreadas por medio de la pintura. Para la gran fotógrafa Berenice Abbott, no se puede comparar una fotografía con una obra pictórica, cada una tiene su lugar. En esta vida no podré pintar lo que en mi mente se proyecta a diario, pues no tengo ese don, pero disfruto con lo que la fotografía me permite producir: un fragmento singular de mi vida interior.

 

Bahía Blanca a la deriva

 

Buenos Aires intuida

 

 

Caracas imaginada

 

 

Córdoba mon amour

 

 

Desde el aire

 

Lugar común, Mar del Plata