La pequeña trinitaria

Una buena parte de mi vida se había quedado atrapada entre el dolor y el desarraigo. Cuando era pequeña mis padres creían que, si me enviaban a un colegio inglés de señoritas al este de la isla de Trinidad, podría aprender lo suficiente para ser una dama. Así, a los cuatro años, estaba yo embarcándome con mis hermanas Dalia y Ava, y con mis hermanos Luis y Maximiliano. Ese día se ha borrado por completo de mi mente. Apenas queda una foto desvaída, casi verdosa, de nosotros ante una ruma de baúles apilados en los alrededores del puerto de La Guaira.

Con tan corta edad poco recuerdo de aquellos días. He reconstruido esa época trinitaria por los cuentos posteriores de mis hermanas y por las tramas épicas de Maximiliano, a quien le encantaba escaparse del internado y convertirse en el Tom Sawyer de nuestra infancia. Aprendió un inglés burdo, lleno de procacidades que espantaban a las “misses” que cuidaban de nosotros. Se la pasaba de arriba abajo con todos los verduleros y cargadores de bultos del mercado central. No podía esperarse menos de él. Varias veces salió fuera de los límites del colegio durante horas, pero mientras más reprimendas le daban más tiempo persistía en su vagabundeo. La gota que colmó el vaso fue la noche que no regresó a dormir.

Miss Appleton escribió una carta educadísima a mi madre, asegurando que Maximilian, con apenas doce años, ya era un “joven que se había perdido en el vicio”. Lo habían encontrado, la mañana siguiente, durmiendo a pata suelta sobre el suelo del zaguán. Y, para colmo, tenía tres tabaquitos metidos en el bolsillo de la camisa. Aquello era la perdición y no había rezos ni alabanzas al buen Jesús que pudieran hacer algo por su alma.

Mi madre rogó a las autoridades para que se le diera otra oportunidad. Retirarlo a él significaba que el resto de los niñitos tendríamos que irnos también. Claro, aquello era como si el pirata perdiera la pata de palo. Miss Appleton, por pragmatismo disfrazado de caridad cristiana, bajó la guardia y aceptó no sin antes sacar cuentas. Eso sí, pondría condiciones: la más fuerte de todas era que si mi hermano quebrantaba el convenio ella se encargaría de darle un correctivo categórico.

Maximiliano iba y venía sin hacerle caso y así pasaron los meses, hasta completar veinticuatro. Mis padres llegarían pronto de visita y estábamos muy expectantes. Yo no recordaba a papá. Ni un poco, lo confieso. Dalia tenía un retratito suyo junto al de nuestra abuela materna. Era un hombre imponente, pelirrojo y con bigotes de manubrio; un señorón temible y altivo, según Ava. Ambas eran muy unidas, compartían todo y se la pasaban cuchicheando entre sí el día entero. Me prestaban poca atención, casi no me dirigían la palabra a no ser para regañarme y sólo se encargaban de ayudar a la cocinera a hacerme comer el plato especial que todos los miércoles, con literal puntualidad británica, preparaba. Anastacia se llamaba aquella señora-globo, negra como el cacao puro, pero siempre ataviada de inmaculado algodón blanco. “Pareces una cucaracha de panadería… negrita por dentro y enharinada por fuera”, le decía Maximiano cada vez que entraba en la cocina. Con su media lengua castellana, Anastacia entendía y le replicaba en un patuá extraño y gracioso. “Más cucarracho será tú, demoni”, protestaba mientras lo perseguía con la paleta de madera, sin que se le zafara ni un nudo de la pañoleta que llevaba sobre la crisma.

Yo no podía escapar a mi destino. El día de la tortura comenzaba a sudar frío desde muy temprano. Imaginaba aquel plato inmenso, con aquellos revoltijos ahumados, más similares para mí a las tripas de gato que a comida decente. Al principio me negué con cierta timidez. Pero luego, cuando las cosas pasaron a castaño oscuro, me convertí en un torito enfurecido e incontrolable resistido a abrir la boca. Dalia y Ava, de 15 y 13 años, ayudaban a Anastacia a sostenerme y me separaban los labios a la fuerza. Así, semana tras semana se escenificaba aquel sainete insoportable que formábamos las cuatro.

Entonces pasó lo que pasó. Ese miércoles llegaba hasta mi pieza el aroma de los menjurjes que penetraban todo como una sentencia a la pena capital. Al día siguiente llegarían mis papás y ni mi muñeca Quetica ni yo habíamos dormido bien. A Quetica le dolía la panza, la llevé al doctor de muñecos y nada, no se mejoraba. Le sobé la barriguita de trapo con manteca de azahar y tampoco ponía buena cara. “Quetica, te tienes que comer las berenjenas fritas”, le decía yo. “No, no, no”, chillaba ella con la cara fruncida como un culito de pollo.

La lección de piano se había suspendido. Miss Ivory estaba muy resfriada y se había retirado a su habitación. Luis y Ava, junto a los otros alumnos del internado, asistían a las clases de literatura inglesa que Miss Appleton intentaba convertir en una tarea interesante. Dalia ayudaba a Miss White a remendar ropa para la caridad y yo estaba sentada con Quetica mientras observaba los movimientos de Anastacia. En cuanto comenzaba a colocarse la cofia anunciaba que el almuerzo estaba listo, valiéndose de una campanilla de bronce adosada a la columna que separaba la cocina del vetusto comedor. Los otros niñitos estaban entusiasmados escuchando a Monsieur Leconte: leía para ellos algunos cuentos de Perrault. El objetivo del colegio era, a todas luces, convertir a los indianos en gente decente. Lecciones de francés, inglés, piano, canto, costura, bordado en punto de cruz, botánica, equitación o gimnasia. ¿Quién se iba a quejar de aquel paradisíaco internado británico situado en una vereda tropical atestada de mosquitos? Todos éramos hijos de hacendados sin educación que deseaban reivindicar su barbarie a través de sus proles.

Anastacia organizaba la mesa siempre con el mismo mohín en los labios. Dos muchachitas, un poco mayores que yo, la asistían colocando servilletas y vasos. Miss Appleton nos daba clases de etiqueta y solía decirle en tono despectivo -a “cierto niño del colegio”- que la gente a la que frecuentaba jamás en su vida había comido con cubiertos. Esa semana, bajo amenaza de que mis padres llegarían en cualquier momento, Maximiliano se había sentado por primera vez en su vida en el enorme comedor. Afirmaba que aquella mesa desabrida era producto del asesinato de un antiquísimo madero de color del ébano.

El imponente caobo, derribado y desbrozado quien sabe por cuántas hachas, había sido traído desde Belice por Monsieur Leconte, explorador y coleccionista de especies exóticas hasta antes de romperse los ligamentos de una rodilla. Se había caído en la ladera de unos montes de Tobago y tuvo que aceptar un empleo aburrido en el colegio de su cuñada solterona. Unos aserradores habían cometido aquel crimen vegetal antes que él y decía que cuando lo encontró, aún salían gusanitos y mariposas de sus ramas extensas. El caobo, a partir de entonces y tras un largo y complicado traslado, servía la comida a diecinueve niños, cuatro profesores y una muñequita de trapo de color beis.

Nuestra pesadilla, la mía y la de Quetica, se hizo realidad. Por allí venía Anastacia, primero con la fuente de arroz, luego con la de plátanos sancochados, otra con asado en salsa negra y, para rematar, un enorme plato de berenjenas fritas desmenuzadas. Me lo comí todo con ganas para tratar de distraer a Anastacia. Ella me veía con el rabito del ojo desde la cocina vigilándome hasta el punto de horrorizarme. Aquellos actos de “soberbia demoníaca” que había protagonizado durante quince miércoles continuos concluirían en el preámbulo de un acontecimiento inusitado.

Acabé la carne, luego de masticarla como una bola de goma arábiga, de un lado a otro de la boca. La pasé con el jugo de guayaba y retiré hacia atrás el plato. Entonces saltó Anastacia como un sapo regordete a cazar mosquitos.

—¡A ver muchachita, a comer la berenjena!—gritó la cocinera. Dalia y Ava, resignadas a su triste papel de amarra-niñas, se incorporaron y se dirigieron hacia mí.

—¡Déjenla en paz! —protestó Maximiliano. Luis ni se inmutó, como siempre, metido en su mundo de cifras y abstracciones matemáticas. Dalia me tomó por el lado izquierdo, Ava por el derecho. Unos lagrimones me resbalaron por las mejillas. Quetica había acabado en el suelo y poco podía hacer por mí.

Uno, dos, tres, siete pedazos gigantescos de berenjena frita fueron a parar a mi barriga en un santiamén, mientras formaba un berrinche de marca mayor delante de todo el colegio. Pero esta vez, cuando se terminó la emboscada culinaria, mi estómago se devolvió por completo sobre el blanquísimo mantel de lino recamado. ¡Ah! qué espectáculo tan feo sobre la mesa, mi pecho, las manos de mis hermanas y el delantal de Anastacia.

Sin más, Miss Appleton se levantó de su mesa y, con toda su fuerza apartó a Dalia y Ava de mi lado. Luego comenzó a sacudirme de los brazos como a un estropajo. No me dolía nada aquello, pero lloraba sobre todo porque pisaba sin darse cuenta a la pobre Quetica.

—¡Niña mala! ¿Estás loca acaso? ¿Esto es lo que te hemos enseñado aquí? —me gritaba enfurecida. Al ver aquello, Maximiliano se levantó y la separó de mí a empujones. Luego salió corriendo hacia la calle y sólo regresó unas semanas más tarde cuando mi madre, resignada y sola, decidió retirarnos del internado.

 

Nadie le dirigió la palabra a Maximiliano cuando salió de la señorial casona. Su maletita de cuero y sus tres cajas de caracolas parecían ser su único equipaje. Ni Miss Appleton, ni Monsieur Leconte, ni el resto de las maestras y mucho menos Anastacia le dirigió la mirada. Ninguno le hizo mala cara o se despidió de él: simplemente lo ignoraron. Ninguno de los niños reparó en su mirada perdida, extraordinariamente triste, cuando cruzó el portal y salió hacia el coche.

Tampoco se despidieron de nosotras. La mano de Monsieur Leconte trazó un gesto de adiós mientras que el resto de las mujeres se metió rápidamente hacia la casa. No recuerdo bien el trayecto hacia el puerto; en cambio, puedo ver con claridad el rostro lívido de mi madre, la palidez de sus manos y la opacidad de sus ojos grises. Llega ahora hasta a mí la extrañeza de su aliento seco, como si hubiera pasado semanas enteras en ayunas.

El puerto era un manto de gaviotas: habían llegado los barcos atuneros esa mañana. Maximiliano se acercó a mamá para darle la mano cuando bajamos del coche, pero ella se la retiró, muy hosca y malencarada. Mis otros hermanos lucían exasperados. Quetica y yo éramos las ovejas negras del rebaño, apartadas como pestosas en cuarentena. Todo parecía indicar, creía yo, que mi conducta había precipitado nuestra vuelta a la patria.

—¡Upa!—dijo Maximiliano mientras nos alzaba a mí y a Quetica hasta sus hombros. Así vi, desde el faro en el que en adelante se convirtió para mí aquel hermano díscolo pero leal, el mar con todos sus matices por vez primera. Aunque ya hubiera estado allí antes, me parecía que en aquel barco a punto de zarpar había algo nuevo. Al principio no entendí bien qué sucedía, por qué esas caras largas, por qué tantas lágrimas saliendo de los ojos. Días después no pude mirar el amplio océano, desde Galipán, sin sentir una profunda tristeza. Mi padre había muerto y con él nuestro porvenir.

 

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