El amor besa con ojos abiertos

William Blake, ese genial pintor, poeta y místico que dejó uno de los legados más sublimes a la cultura, recreó la dimensión amorosa de los “padres” de la humanidad. Voy a compartir tres reflexiones que he hecho sobre esta serie a lo largo de varios años.

1. Al hacer el amor, Adán y Eva se dan el beso con ojos abiertos, lo que simboliza la libre elección. Hay un pacto sellado con miradas. En Europa, durante siglos, no se podía elegir a la pareja. Aún hay sociedades en donde no se puede. De modo que Eva tiene la virtud, digo yo, de estar en igualdad de condiciones, despojada del velo de la ilusión, viviendo el beso de amor real. Con su pierna derecha casi bestial, animal, nos recuerda que también es naturaleza e instinto. Eva no tendría aquí la dimensión de una esposa convencional, tiene el carácter de amante, porque ama, elige y es más valioso el pacto. Se eligieron.

2. Adán y Eva están sentados sobre un montón de frutos; tal vez esas dulces y redondas sandías podrían podrirse muy pronto. Representan el tiempo del deseo en el universo, así son los reales frutos del conocimiento: perecederos. Lo que hoy se sabe mañana no. ¿Qué sabemos con certeza? Porque en el amor el que mucho conoce está condenado a perder la inocencia. Cuando dos se entregan no piensan ni sienten próxima una fecha de caducidad. El amor es eterno mientras dura. ¿Pero, por qué no ha de ser siempre así? Blake parece explicarlo entonces…

3. En el amor nunca hay dos energías encontrándose. Hay tres: la de un ser, la del otro y la del mismísimo vínculo, formado por ambos. El ángel caído y asexuado, con la tentación representada por una serpiente enrollada entre sus piernas, además de no sentir ese deseo, rezuma envidia: a Dios, creyéndose más sabio, más bello, más poderoso ¡y así cae! Y también al vínculo entre Adán y a Eva, y los hace caer. Les cierra los ojos, paradójicamente, porque al salir del Paraíso expulsados, ya no se verán reflejados en el otro; ya no se besarán con los ojos abiertos de la inocencia. A partir de ahora, cada encuentro parecerá una “pequeña muerte”, delicia efímera que se pudre, habiendo tenido el Edén (su relación viva). ¡Ése, ése es el horror!

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