Deseo en la oscuridad

Una doble oscuridad, una doble incertidumbre, una doble narración visual. Eso es Luis Buñuel en Ese oscuro objeto del deseo (1977), su última película, no sólo porque decidió usar a dos actrices completamente distintas para representar un mismo personaje. Las diversas fases de las relaciones amatorias son resumidas casi con un pragmatismo de vejez sabia y vivida, en pasión erótica y pasión sentimental durante el enamoramiento que, pasa rápido, pero en su fugacidad suele destruir lo que se desea.

Ternura y arrebato, sensualidad y sexualidad —sin llegar a esa odiosa por dicotómica dinámica de Sense and sensibility de Jane Austen— parecen presentarse en cada escena rememorada por Mathieu. Hombre maduro, recorrido en conquistas y devaneos, escoge justamente un medio de transporte como el tren para contar, a su manera, lo que le ha sucedido con una joven española residente en París y que le despertó encontradas y desesperantes emociones.

“No me gusta, no me convence, no la quiero”

Rodada con tensión dramática real y no ficticia, es una revisión del filme de Josef Von Sternberg con Marlene Dietrich y Julián Duvivier, y basada en la novela desesperanzadora de Pierre Louys, La femme et le pantin. Cuando Buñuel llega a rodar esta cinta a Madrid, acepta hacerlo destierro mediante. De incógnito y con una sordera progresiva, evocó, encontró y observó un país que había cambiado demasiado para su gusto. De alguna manera, ya sabía, se estaba despidiendo definitivamente de dos pasiones: Madrid y el cine. Iba a rodar, palabras textuales, “su testamento fílmico”, su última producción.

Horrorizado por el posible despliegue de la prensa —“no me gusta la política, no me gustan los fotógrafos”— amenazó con irse a Portugal si ésta interviniese en su trabajo. Para colmo de males, el terrible impasse con la protagonista, María Schneider, costaría ciento treinta millones de pesetas a la productora. La protagonista de El último tango en París llegó tarde al rodaje, llegó tambaleándose al día siguiente, cambió el parlamento dizque en broma, y no causó gran impresión en el director. Tres días bastaron para que el español abortara la idea de tenerla como protagonista. “No me gusta, no me convence, no la quiero”, exclamación recogida unas semanas más tarde en un diario madrileño. Recientemente se supo del gran trauma causado a la actriz por Marlon Brando y Bernardo Bertolucci durante el rodaje; una violación filmada de un modo brutal por capricho del poder masculino.

Y es entonces cuando decide echar sobre la mesa un as bajo la manga: Carole Bouquet, jovencísima intérprete de la televisión gala haría, junto con la sensual Ángela Molina, la interpretación de una mujer joven, indecisa entre el amor y el interés. Y el campo lo pone Buñuel, suspicacia mediante, para decidir hacer este juego narrativo, esta audacia que confunde a espectadores en un comienzo, pero que termina haciéndolos pensar si no será así una mujer.

Tenue impotencia

La anécdota de la película podría resumirse en el leit motiv clásico de Buñuel: desear lo imposible. No se puede asir todo a la vez. Y de alguna manera esa búsqueda incesante, parece cabalgar sobre fragmentos de La Valkiria de Wagner, que le da a la cinta un carácter dramático y ansioso.

Por paradojas de la vida, terminé descubriendo a Buñuel por el final y no por el principio. No llegó tarde ni temprano, sino a esa edad en que una mujer no sabe qué hacer con las manos: sentarse a coser o tocarse las ganas. Vi primero la última producción y luego la primera. Toqué los extremos del director español y me percaté que, en esencia, los extremos se tocan.

Como todas sus películas, Buñuel ha elegido el melodrama como género y sobre él ha trabajado, halando aquí y allá como si de una masa gelatinosa y maleable se tratara. Unos dicen que es naturalista y otros que no es más que un obrero onírico en el medio del tedio de la vida. Siguiendo a Gilles Deleuze, en el naturalismo se destila un realismo tan exacerbado que finalmente se invierte en lo irreal, bordeando incluso lo alucinatorio; es en el cine donde esa desmesura que traspasa la realidad a través de sus costados más oscuros pudo manifestarse y eso lo sabía muy bien el director español.

En su “testamento” trató de interpretar la carne hecha abismo, la piel tocada para desaparecerla, ese principio quevediano del amor (“es hielo abrasador, es fuego helado”) que se torna frustración. Nunca, ninguno de sus filmes, estuvo más cercano a su Opera Prima. Surrealista, simbólica, extraña, compleja y por momentos insuficiente, Ese oscuro objeto del deseo es, a mi entender, una gran metáfora del cine mismo. Por más que queramos vivir lo que en la pantalla se proyecta, en medio de la penumbra de la sala, al final nos levantaremos de la butaca y la realidad real nos llevará por el medio. Luis Buñuel entendió que el cine y la vida son puntas de un mismo cordel.

Creador como pocos

El mismo año de la producción de Este oscuro objeto del deseo (1977) —ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián— fue prohibida en su España otra de las cintas de Luis Buñuel: Viridiana. Rodada en medio de un melodrama verdadero, fue el broche con el que Buñuel cerró en definitiva una producción cinematográfica incomparable. Aunque comienza en 1926 como ayudante de dirección en la cinta Mauprat, se estrena en la ardua tarea de la dirección tres años más tarde con la mítica Un perro andaluz junto con Salvador Dalí.

De allí en adelante, polémico, experimental, magistral, Buñuel se pasó por varias etapas, a lo pintor de vanguardia: España, México, Estados Unidos y Francia. Ganador de un premio Oscar por El discreto encanto de la burguesía, Buñuel se caracterizaba por ser sumamente meticuloso en la escritura de sus guiones y planes de preproducción. Los Olvidados, Viridiana, Belle d’jour o Mundo Demonio y Carne son, apenas, algunos de sus títulos más recordados por el gran público.

Amante de los encuadres al azar y de las tomas únicas, se destacaría siempre por una genialidad que lo acercaba, paradójicamente, a eso que rechazaba con ferocidad: la alegoría. Pese a estar alejado de intenciones moralizantes, Buñuel consiguió símbolos contundentes de sus búsquedas estéticas. Ese obscuro objeto del deseo consigue, en su juego de duplicidades, resumir la dualidad perenne que convivió en Buñuel: pasión y éxtasis en un mismo tiempo cinematográfico.

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Ficha Artística: Fernando Rey (Mathieu)/ Angela Molina, Carole Bouquet (Conchita)/ Julián Bertheau (juez Édouard).
Ficha Técnica: Producción: Greenwich Film Production Productor: Serge Silbermán Guión: Luis Buñuel y Jean Claude Carriére Argumento: la novella de Pierre Louys La femme et le pantin Vestuario: Sylvia de Segonzac Dirección: Luis Buñuel Duración: 103 minutos

 

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