Cuarentena: Día uno, 20 de marzo de 2020

Hoy comencé cuarentena obligatoria en Buenos Aires. Salí a buscar un par de libros que ayer dejé por descuido en el supermercado chino que queda a escasa cuadra y media del edificio en donde vivo. Luego de recuperarlos, me subí a un vehículo para hacer una vuelta por los barrios aledaños para hacer un pequeño reporte periodístico y percibir bien la situación de calle para decidir mis actividades en los próximos días.

Alcancé a tomar videos. Durante la tarde trabajé para mis dos clientes principales, escribiendo comunicados, enviándolos y gestionando que salieran. He comido poco, la verdad. No estoy ni angustiada ni ansiosa. Tengo la posibilidad de caminar un poco al frente de mi edificio, situado frente a una avenida amplia, para estirar las piernas y tomar a diario una fotografía en blanco y negro desde el mismo punto. Decidí escribir una reflexión por día durante el lapso que dure este confinamiento que, a todas luces, podría ser peor pero no creo que sea tan corto.

 

Una cuarentena propia

En 1929 Virginia Woolf publicó Una habitación propia. La habían echado de la biblioteca de un colegio universitario de Oxbridge por ser mujer. En ese ensayo describía la condición de desigualdad a la que han sido sometidas las féminas desde varios puntos de vista, uno de ellos, el del habitar. Mientras que los hombres tenían cómodas habitaciones, las mujeres debían compartirlas con sus hermanas, sus niñeras, sus maridos o sus hijos pequeños. El ensayo habla de la situación de las escritoras, de la necesidad vital de encontrar su propio espacio, representado en una habitación que pudiera sostener, porque “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si pretende escribir novelas”. Leer esta frase me reveló, a los 17 años, una meta liberal, sintetizada en no depender de un alguien, en especial de un marido.

Unos años más tarde, mientras me preparaba para escribir semanalmente en el diario vespertino El Mundo, le propuse a Pablo Antillano que mi columna llevara el nombre de “Una habitación propia”, en honor a Woolf. Eso no pudo llevarse a cabo por razones de diseño editorial. Sin embargo, durante más de dos años entregué puntualmente los textos, que veían la luz cada martes. El espíritu de mis ellos tenía esa influencia que el ensayo de Woolf dejaba entrever: no quería recibir las experiencias de la vida filtradas por otra gente y, además, quería relatarla en primera persona. Fue uno de los mejores momentos de mi formación profesional: cumplía a cabalidad la propuesta de Virginia, pues en ese entonces pagaba alquiler por mi habitación. No había entendido aún que la cosa iba por otro lado.

Hoy, como inmigrante he tenido que resignificar el espacio del habitar. Ahora vivo en un monoambiente de 24 metros que, en la práctica es una gran habitación. Para convencerme de lo ideal que resulta esta cajita de fósforos repito como un mantra que sería envidiada por cualquier habitante de París, Tokio o Beijing. Y es, justo en China, en donde existe un tipo de vivienda que me impacta.

Los hutongs son, literalmente, intersticios. En esas rendijas urbanas, callejones que funcionan como elementos restantes del antiguo casco imperial, viven miles de personas. Ladrillo gris, madera, tejas que de tanto llevar sol están desarticuladas, son algunas de las características que predominan. Ahora, convertidos algunos de ellos en sitios turísticos, se han empezado a adaptar a las exigencias de los visitantes extranjeros. Sin embargo, la mayoría de las casas que allí se emplazan, cuyas entradas son tan estrechas que apenas pasa una persona, tienen un patio central y todas las habitaciones dan hacia él. Un pulmón abierto que irradia aliento hacia todas las piezas del mecano.

Lo que más me llama la atención de esa tradicional forma urbana es que, dado su exotismo desde la mirada occidental, resulte atractiva. Mientras más alejados de la ciudad imperial están, más carentes los hutongs. Observo las imágenes y podrían ser, perfectamente, barrios latinoamericanos con sinuosas curvas producidas por la improvisación y el ingenio. Lo que domina es la adaptabilidad de sus constructores al contexto espacio-temporal. Así, la China del gran desarrollo industrial convive con postales del pasado, con habitaciones que no necesariamente brindan libertades a sus residentes. ¿Acaso en ese país una habitación puede darle garantía a un escritor de que sus manuscritos puedan llegar a publicarse sin que medie cierta censura?

Los hutongs sobrevivieron a una renovación urbana que arrasó con todos los símbolos imperiales, primero durante el mandato de Mao y luego durante las obras por los juegos olímpicos de hace unos años. Pese a su estrechez son restos nada evanescentes de una cultura más que de un período histórico, pero aun así no se convierten, por sí mismos, en una solución al anhelo de independencia que desde estos lares sentimos tan necesario como el oxígeno.

Cuando la habitación propia se transforma, ya no en un espacio de libertad, sino en uno de confinamiento parece producirse un efecto de paralaje, una desviación óptica sobre el mismo objeto. La percepción cambia en su totalidad y, más aún, el valor que posee ante nuestros ojos.

En estos días de aislamiento social, cuarentenas y coronavirus originado en China, creo que hay algo que nos excede, sin duda, en la idea que siempre tuvimos de la casa como espacio íntimo. Y tiene que ver con la idea bastante desarrollada por Le Corbusier y otros racionalistas sobre la dupla arquitectura/urbanismo. ¿Cuál sería, entonces, el valor de esa habitación propia en medio de un contexto caótico que nos obliga a permanecer en ella? Hemos asimilado, aunque no de forma consciente, que nuestro espacio vital es mejor si tenemos la posibilidad de hacer vida pública. Convencidos estamos de que mientras perviva la potencialidad de cruzar la puerta que nos separa de la calle, más libre nos será la existencia.

Pero la habitación propia de Woolf no debe tomarse al pie de la letra. Ese espacio necesario es la metáfora de la propia vida interior, porque de lo contrario no podría explicarse la irrefrenable imaginación de Jane Austen volcada con tanto talento en sus novelas. Ni de otras mentes literarias a lo largo de las pestes. No se explicaría ni el Decamerón, por traer un ejemplo manido. La habitación propia que modula una ficción es una forma de salir de la materialidad y entender que la imaginación, inasible, así como es, puede llevarnos a otros ámbitos.

 

 

 

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