Cuarentena: Día dos, 21 de marzo de 2020

Hoy lloré dos veces durante el día. En la mañana sentí una tristeza por la cifra de muertes que en poco tiempo se sucedieron en Italia. Fue un llanto muy suave, casi ni me di cuenta de que debía enjugar mis lágrimas, hasta que cayeron en mi cuello. A las 10:45 de la mañana decidí dormir, me lo pedía mi cuerpo. Durante la semana estuve planificando cómo sortear este desastre de la mejor manera posible así que pasé varias noches en vela. Al despertar me sentí mejor. Hasta las 13:30 estuve en la cama, pensando en lo que haría a lo largo de la tarde. Me hice un almuerzo más calórico y decidí arreglar los armarios. Salí un rato al balcón, que da hacia una calle arbolada y comúnmente tranquila. Todo estaba muy quieto. A lo lejos, sentí el traquetear del tren de cercanías, y luego una sirena lejana que atravesaba de seguro un cruce de avenidas a toda velocidad. Desde que estoy en este departamento me levanto cada mañana y saludo a mis plantas, saludo al árbol cuyas hojas penetran un poco y me alegran la vista. Bellas hojas moviéndose levemente, acompasadas por un viento tranquilo, el cielo hermoso de estos días en los que todo adquiere mayor significado. Así, mientras las horas pasaban, me enteré que la hija de una amiga pudo regresar desde Nueva York tras una travesía difícil, por su corta edad, y horas enteras de personas rezando para que llegara con bien. Lloré de felicidad esta vez. Dos lagrimones volvieron a asomarse y tuvieron su correspondiente emoticón en el mensaje de WhatsApp que había venido con el video de la nena saludándonos a todos con su barbijo. Esa es la síntesis de la polaridad, de lo que el Tao en su compleja sencillez nos enseña a transitar cada vez que nos abandonamos a las emociones de debilidad y desamparo. Una revelación como esa adquiere el mayor significado en los tiempos que corren. Son las 8 de la noche y comienzo a escribir.

 

La muchedumbre solitaria (e indolente)

Hacia 1960 el sociólogo David Riesman publicó un estudio que intentaba explicar el comportamiento social aplicando la psicología individual y familiar a grandes grupos humanos. Así, La muchedumbre solitaria se convirtió en un libro referencial que fue muy discutido y muy analizado. Lo leí por primera vez tras una clase de Mercedes Pulido a la que asistí, como oyente, mientras estudiaba Letras. Me habían recomendado sus clases sobre psicología social y yo estaba estudiando los trabajos de Arnold Hauser que, si bien explicaban algunos fenómenos, no me convencían del todo. De modo que asistí a unas seis clases y pude entender mejor el enfoque de Hauser.

Hoy he recordado esa lectura de Riesman por casualidad, mientras pensaba que el contraste entre la vida pública y la privada parte no del número de personas que pueden confluir en un mismo espacio sino del comportamiento en un sentido más amplio. Me habían mandado un video jocoso en el que se ve a docenas de gallinas que salen de su jaula corriendo desde una colina, cuesta abajo, de modo alocado y sin rumbo cierto. La leyenda señalaba: “Así vamos a comportarnos cuando acabe la cuarentena”. El chiste, que no deja de ser una de las formas de liberar energía del inconsciente como lo señalara Freud, no sólo se explica por la tensión individual dentro del confinamiento, sino que se proyecta en un comportamiento grupal.

Aunque el libro fue bastante criticado porque Riesman generalizó mucha de sus teorías, inaplicables a ciertos grupos culturales, hay algo muy interesante en su postulado. Él señala que, en las sociedades antiguas, cuya población era estable, aunque no numerosa, lo colectivo está dirigido por la tradición. Luego, cuando aumenta la tasa de natalidad los individuos se vuelven autodirigidos, saben que vienen de una tradición y son fieles a ella, pero están marcados por un visible individualismo. Finalmente, cuando la sociedad alcanza su densidad poblacional más alta, especialmente en entornos urbanos, se produce una necesidad desbordante de ser dirigidos por los demás, de ser aprobados, de relacionarse. Y es ahí en donde me interesa la idea de Riesman: los individuos heterodirigidos no sienten ya la necesidad de ser aprobados por sus padres sino por su grupo generacional, quieren ser populares y ser amados por su colectivo. Retrato posible de la clase media norteamericana, a decir de muchos de sus analistas.

El chiste de las gallinas no es, por tanto, inocente. La leyenda que explica el símil, mucho menos. Estamos en medio de una cuarentena y creemos no sólo que todo se acabará en cuestión de días, sino que, en nuestra ingenuidad colectiva, deseamos salir grupalmente al espacio libre incluso sin otro propósito que seguir el impulso descontrolado de un objeto que, luego de un estado de inercia, es impulsado por una fuerza externa. ¿Qué es esta fuerza? ¿Quién la encarna? ¿Quién moverá la mano, abrirá la jaula, acabará con este trabajo forzado de estar entre cuatro paredes? ¿Es la misma fuerza que ha empujado a miles a pelearse por el papel higiénico en EEUU y Australia?

Tomo nota entonces sobre la obsesión actual por relacionarse, evidenciada en las formas de estar conectados, dando pruebas de vida y de fe una o dos veces por día. Necesitamos comprobar que existimos y somos desde los otros. La importancia que millones de personas le dan a la cantidad de “likes”, “me gusta” y pulgarcito para arriba en las redes sociales es un ejemplo muy interesante. Siguiendo a Riesman, me interesa saber en qué momento una sociedad de individuos autodirigidos pasó a ser una de individuos dirigidos por los otros. ¿Es un fenómeno incubado durante el ascenso de la burguesía decimonónica? No puede explicarse solo desde lo demográfico ni tampoco desde el consumo masivo cultivado por el capitalismo más intenso.

¿Qué pasa con el concepto de la libertad en una sociedad de individuos conformistas? Por supuesto, la tesis de Riesman pueden parecer obsoletas por su tendencia a generalizar. Sin embargo, no deja de ser interesante que a escasos 60 años de haber sido expuestas, estas ideas puedan revisitarse gracias a una contingencia sanitaria. La epidemia del aburrimiento, como también se le ha bautizado, no me parece tan grave como la de la indiferencia calculada hacia el prójimo.

La actitud superficial y distante con la que la sociedad responde ante los miles de vidas perdidas, por causa del COVID-19, me hace pensar que han surgido cepas nuevas de comportamiento grupal. En efecto, domina la idea de que si nos relacionamos existe una posibilidad enorme de ser aprobado por los demás, es decir, ser “querido”; y por el otro lado, hay una brutal y distante indiferencia hacia el dolor del otro, porque no es útil, es aburrido hablar de muertes mientras puedo pensar en la fiesta de salir al espacio público cuando esto acabe. Riesman tuvo algo de razón: la muchedumbre es solitaria, y, yo le agregaría, profundamente indolente.

 

 

 

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