Cuarentena: Día cuatro, 23 de marzo de 2020

Este día ha sido benévolo para mí. Me desperté tarde y un poco atribulada porque percibí mucho movimiento en la calle. No había podido ver los cables de las agencias a primera hora, como estoy habituada. Sentía que me estaba perdiendo de algo y sentí ansiedad. Me preocuparon las ambulancias que pasaban una y otra vez por la avenida –hay un hospital importante a escasas diez cuadras de aquí-, los altavoces alentando a la gente a quedarse en la casa y, por vez primera, el ruido de los helicópteros patrullando la ciudad. Me reanimé con una ducha helada. Pensé que sería una buena idea practicar las técnicas que aprendí en tres workshops de periodismo móvil hace un año. Usé mi celular, un trípode y un micrófono especial para darle formato audiovisual al reporte que hago a diario sobre la pandemia. Durante tres horas me entretuve en eso, pero cuestionaba, al mismo tiempo, si mi capacidad para relatar algo que no estoy viendo sino filtrando de distintos medios era suficiente. No le di demasiada manija y subí como pude el video a un canal en Instagram TV. Y digo como pude porque vendrán tiempos abrumadores para quienes están en casa y consumen más datos digitales de lo que se puede. Si la cuarentena se extiende y las plataformas se colapsan vendrá una crisis tan dramática como la epidemiológica, aquella que nos impide salir a comprobar la realidad y obstaculiza una noción virtual de lo que pasa afuera. Un individuo puede hacer el esfuerzo de sortear tal medida, apelando a la paciencia y la madurez emocional, pero me temo que grandes contingentes humanos cercados por la ansiedad no están preparados para enfrentar ni siquiera la idea. Tal panorama ha sido esbozado por las autoridades y, sin lugar a dudas, hay una diferencia sustancial entre la cantidad de videos, memes, chistes y cadenas que se han enviado en las últimas dos semanas y la de hoy. Mermó la distribución de material y eso significa dos cosas: capacidad de entendimiento y/o cansancio tras la euforia de la novedad, en este caso, la del aislamiento.

 

La guerra invisible como maestra

Seis mil muertes en Italia suenan tan lejanas para algunas personas que me pregunto si la humanidad perdió su capacidad empática y si esta pérdida se debe a un cambio -todavía sin estudio profundo- en la calidad de las células neuronales que la rigen. ¿Y si las llamadas neuronas espejo han perdido “tonicidad”, por decirlo de alguna manera, y tan sólo se producen imitación y emulación en nuestros procesos de aprendizaje? Veo esta dinámica de comportamiento y no sé si atribuirlo a un proceso del sistema neurológico o un proceso social que, atravesado por el excesivo individualismo de la evocación que media en el uso de la tecnología, está creando humanos cada vez más indolentes ante el dolor ajeno.

Nunca tuve vocación para la medicina, pero sí para las ciencias naturales. Mucho antes de estudiar literatura estaba convencida de que seguiría la carrera de biología. De hecho, estudié un bachillerato en ciencias y puedo afirmar que los laboratorios de mi colegio estaban mejor dotados que los de algunas universidades en donde he trabajado. Pasé cinco años metida de cabeza en laboratorios y fue sin dudas una de las experiencias más fascinantes de mi adolescencia y de mi formación humana. Ponerme la bata blanca era, para mí, un orgullo y siempre estaba dispuesta a pasarla bien. En casa, además, tenía un microscopio electrónico y pasaba bastante tiempo observando y aprendiendo por mi cuenta.

Justo en la mitad del secundario mi profesor preferido de biología nos dio a leer mucha literatura científica. Tener en mis manos una selección de textos de Oparín, Darwin, Mendel, Miescher, Crick era muy común en esos días. De tanto en tanto la teoría y la práctica parecían no coincidir del todo. A veces las prácticas se volvían muy difíciles si seguíamos al pie de la letra aquellos textos. Era comentario obligado con las compañeras lo arduo que podía ser memorizar todo y, además, entenderlo frente al microscopio. Fue entonces que nos habló de Jan Jansky, el médico checoslovaco que concluyó que la sangre humana podía clasificarse en cuatro grupos al mismo tiempo que Karl Landsteiner, a quien la historia le adjudica el descubrimiento (O, A, B y AB). Entendí que si bien no tenía vocación para la medicina era muy necesario que un médico tuviera la vocación para la investigación y que esos “descubrimientos” a veces eran paridos por la necesidad.

Mi prima mayor estaba decidida a estudiar medicina. Como estaba adelantada dos años más que yo asistí a sus primeras lecturas y revisé algunos de sus libros. Tuve serias dudas de mi vocación durante un par de meses y pensé que profundizar un poco en el programa de esa carrera serviría para tomar una decisión acertada. Mi primer test vocacional había señalado que haría una excelente carrera ¡en la agricultura! Tal vez la prueba reveló mi amor por la botánica, pero era, sin duda, muy poco alentadora para mis 14 años. Tuve el gran desafío de leer un poco de historia médica y me topé con Hiprócrates. En esa época no había Internet ni podía imaginar que existiría Google. Busqué una biografía ilustrada en la biblioteca del colegio y, entre tanto que leí, encontré una frase del padre de esta disciplina: “la guerra es la mejor escuela para los cirujanos”.

Tras leer esa frase entendí que las preguntas para entender una frase como esa estaban más cercanas a la historia y al relato. Tuve que releer sobre grupos sanguíneos para un examen parcial y entendí lo que señalaba Hipócrates: había descubierto los grupos sanguíneos ante la cantidad de muertes que se habían producido en “intentos” de transfusión fallidos, una técnica prácticamente desconocida a principios del siglo XX. Sin embargo, gracias a este descubrimiento, tras la Primera Guerra era un procedimiento rutinario que permitió salvar miles de vidas. La audacia de Landsteiner le permitiría al doctor Lewisohn perfeccionar dosis anticoagulantes para frenar las hemorragias en los campos de batalla.

Hoy, revisitando la historia de la hematología me enteré que en 1914 una investigación hecha en Buenos Aires por el doctor Merlo, basado en el método del doctor Luis Agote confirmaba que una solución del 0,2 de citrato de sodio, aplicada en un paciente con hemorragia, funcionaba como anticoagulante. Casi a un mismo tiempo otro estudio hecho en Nueva York, independiente del argentino, confirmaba lo mismo. La guerra era terrible, pero, sin dudas, una maestra extraordinaria. Las transfusiones no sólo salvaron a los combatientes sino, en adelante, a muchísimas personas en tiempos de paz. Y lo más interesante es que esos hallazgos muchas veces se producen en paralelo.

Hace una semana médicos chinos señalaron que un tipo de grupo sanguíneo había sido más vulnerable al contagio del Covid-19, el grupo A, mientras que el O es más resistente. Si bien la muestra tomada no puede servir para generalizar, es un avance fundamental para el desarrollo de una vacuna contra este virus. Sin la investigación no podemos resolver los grandes retos por eso me parece criminal que los gobiernos dejen de subsidiar los institutos científicos porque, a fin de cuenta, cuando se trata de un problema de estas magnitudes, ¿a quién recurrirá el gobierno de turno, al personal formado en saberes estatales o al personal de los laboratorios y clínicas privadas cuya función última es dar cuentas a una junta directiva?

Pero, ¿qué motiva a un médico a realizar estos estudios? ¿Es por empatía o es por pragmatismo? ¿Desea mejorar su performance, es decir, evitar que las estadísticas de mortalidad aumenten o lo hace pensando en sus seres queridos? Esta noche, mientras la gente se asoma a los balcones a aplaudir al personal sanitario, no puedo sino reprocharme no haber insistido en estudiar biología, sobre todo en estos momentos tan apremiantes. Pero mi esperanza es que sea por nobleza emocional o por deseo de resolver un acertijo, los investigadores puedan encontrar el remedio y yo lo pueda relatar con lujo de detalles.

 

 

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