Cuarentena: Día cinco, 24 de marzo de 2020

Salí durante algo más de 10 minutos. El trámite – comprar frutas, pan, verduras y queso- fue sencillo y breve. Pero caminé más lentamente de regreso, y aproveché la ausencia total de personas deambulando por las dos manzanas que median entre el supermercado y mi casa. Como salgo cada dos días debo aprovechar estas incursiones para sentir cierto desahogo físico. Además, me da un placer mental inenarrable. Esos diez minutos de necesaria libertad son combustible para seguir adelante del mejor modo posible. Me preparé para la actividad como quien va a una cita amorosa. Hace muchos años una de mis mejores amigas, Gio, me enseñó que trabajar en casa no debe considerarse una licencia para andar en pijamas. Como diseñadora gráfica y emprendedora de indumentaria, ella va a su estudio vestida como si fuera a una oficina. Más tarde, al estudiar historia del habitar, supe sobre culturas que valoran más estar en la casa y que la ropa, usada allí, es la más preciosa: el hogar, y la gente con quienes vives, son lo más importante y hay que honrarlos de una manera visible. No sólo la tradición árabe –musulmana o no- comparte este precepto, sino muchas otras en distintas latitudes. Hoy agradezco mi pequeño refugio de 24 metros. Pero debo decir que mi hogar se extiende a las cuatro manzanas que lo rodean. Me da calma recorrerlo todos los días. Sé que el barrio me esperará, como siempre, para dar paseos más prolongados en cuanto termine la cuarentena. Sentiré el tierno olor de los jazmineros en flor, la brisa silbar entre los árboles y el colchón de hojas en el suelo durante el otoño. Veré las sonrisas de las ancianas tras las amplias ventanas, me cruzaré con los gatitos más traviesos mientras trepan árboles e hilaré, uno a uno, cada instante de este pequeño oasis.

 

La metafísica especulativa de Zizek y Hang

Durante mis clases de metafísica con Víctor Krebs, en la maestría de filosofía que no llegué a completar, me acerqué por primera vez a la obra de Richard Rorty. La filosofía y el espejo de la naturaleza, publicado en 1980, fue el libro que leí en ese entonces. No tenía nada que ver con el programa de la materia, aunque sí me daba contexto para entender el rechazo hacia la metafísica tradicional que prosperó en el siglo XX. Años más tarde, en un seminario, leí Objetividad, relativismo y verdad, pero el efecto en mí no fue tan contundente.

En el primer libro Rorty señalaba que, si bien la ciencia ha sido extremadamente sensible a la búsqueda de la episteme y ha podido demoler cualquier tipo de especulaciones, el conocimiento científico no es el único. Por ejemplo, y en eso coincide con Francois Lyotard, la crítica literaria es una forma de acceder al conocimiento. Además, sostenía que debía evitarse a toda costa convertir a la filosofía en un apéndice de la ciencia. Por esa razón, en estos días, la discusión filosófica sobre la epidemia, que tanto apasiona a lectores de suplementos culturales, puede parecer lejana a la ciencia por momentos y más próxima a la política.

El intento de Rorty en ese primer libro, publicado en medio de una recesión en Estados Unidos, es encomiable. En lo personal, me parece muy acertada la forma como aborda a Marx, Freud, Wittgenstein y Sartre. No sé si es lícito afirmar que trata de elaborar una síntesis de las ideas de estos pensadores, pero me temo que casi lo logra. Para Rorty la filosofía contemporánea tiene un carácter parasitario, es decir, que se alimenta de otras disciplinas y logra, progresivamente, sus objetivos. En ese sentido diferenciaba dos tipos de filósofos: a los convencionales los denominó “sistemáticos” y a los periféricos, “edificantes”. Wittgenstein y Heidegger, para él, eran periféricos.

En la última semana hemos leído las posturas de dos filósofos contemporáneos muy conocidos, diría, incluso, populares. Slavok Zizek y Byung-Chul Hang. El primero señala que el virus acabará con el capitalismo tal como lo conocemos hasta ahora y el segundo lo refuta. Para Zizek el capitalismo es, en sí mismo, un virus letal. Al disminuir el consumo, que es la base de tal sistema, caerán, por efecto dominó, ciertos valores como la riqueza material, dando paso a la intimidad, comunidad y convivencia en una era que hasta el presente ha plantado una bandera de individualismo excesivo.

Hang no coincide con el filósofo esloveno: “El virus no vencerá al capitalismo”. Para el surcoreano, lo que podría llegar a Europa sería un régimen policial digital como el chino. Para Hang el virus producirá un efecto de aislamiento, de más individualismo. Las distancias entre los seres humanos ya no serán simbólicas sino reales y, entendida como un gesto de solidaridad con el otro, no está basado precisamente en la empatía sino en la supervivencia propia. Para Hang el capitalismo más destructivo no será afectado de raíz mientras las propias personas no lo repiensen y restrinjan.

En términos de Rorty pareciera que Zizek y Hang fueran filósofos periféricos. Creo que son bastante más sistemáticos de lo que podríamos pensar. Ambos “parasitan”, eso sí, de otras disciplinas como el psicoanálisis, la política, el cine, el urbanismo y la comunicología para lograr sus objetivos. Como esto es un diario y nada aquí es definitivo, se me ocurre decir que ambos han creado un sistema de afirmaciones que funcionan como una aceitada maquinaria en medio de una sociedad que necesita relacionarse.

La relación que los editores de los suplementos culturales tienen con ambas estrellas de la filosofía, condiciona a dividir siempre las aguas, en una especie de duelo de titanes en el ring. Creo que, si hay diferencias de enunciados en esta discusión reciente, ambos apuntan hacia un mismo blanco: el capitalismo, tal como se viene desarrollando, es pernicioso. Coincido con Hang en que el individualismo será cada vez más acérrimo por el pánico al contagio y a la vigilancia. En cuanto a Zizek, me parece que tiene razón al expresar que un virus ideológico se ha instalado gracias al Covid-19, y es el de la búsqueda de una sociedad alternativa, aunque no la que él cree mientras alucina con películas de Tarantino.

Honestamente, para llegar a esas conclusiones, ¿hace falta ser filósofo? Creo que de la filosofía se espera mucho en los círculos académicos y autodenominados intelectuales en momentos como éstos. En cierta medida, las opiniones de este par de pensadores aún no están pulidas y la premura de avanzar sobre la situación, mediada por cierto sensacionalismo mediático, los reduce bastante. Han estado más cercanos a la doxa que a la episteme en sus intervenciones recientes. En este caso estricto, creo que la ciencia tiene más posibilidades de generar un conocimiento, porque está obligada por las circunstancias a ir a la vanguardia. Y que la filosofía, la crítica literaria y la política se hallan rezagadas por los momentos, en el confinamiento de la cuarentena.

 

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