Cuarentena: Día nueve, 28 de marzo de 2020

Hoy salí a abastecerme de suministros. No pienso salir por una semana. Tengo recelo de cómo se está comportando el virus porque hay demasiada gente en la calle. En mi barrio todo está en relativa calma, pero, con estupor, algunos amigos me cuentan lo que ven en otras zonas. Varios epidemiólogos han declarado en los medios que el gran problema del Covid-19 es la enorme cantidad de casos asintomáticos. Así, estas personas salen y contagian a otros sin darse cuenta. Entre los nuevos infectados habrá algunos que tampoco sentirán síntomas, pero otros vivirán la enfermedad en toda su dimensión sea por comorbilidad o por estar en el rango etario de mayor peligro. Mi percepción es que este punto no se ha comunicado con eficiencia y que la gente no se resigna a estar en su hogar: ayer habían detenido ya a más de 9 mil personas que estaban circulando sin estar autorizadas. Las excusas son variadas, algunas enrevesadas y la gran mayoría banales.

El contexto obliga, entonces, a priorizar nuestra integridad hasta que pase el furor de la ola de contagios. Por un lado, no quisiera enfermarme en este momento, cuando aún se están experimentando tratamientos en los pacientes internados. Tal vez la gran mayoría de la humanidad se contagie, pero la cuestión es el timing. Por otra parte, me debato éticamente: si llego a padecer el virus sin saberlo puedo llegar a enfermar y hasta matar a alguien. Sé que suena terrible pero no es descabellado. Alguien que contagie a otro de una enfermedad en proceso de estudio y que termine con su vida, no podría ser acusado de homicidio culposo. Pero si ya se sabe que al ser potencialmente portadores del virus y que pudiéramos contagiar a alguien con un virus que le provoque la muerte, ¿ya no estaríamos hablando de homicidio simple, de asesinato?

Recordemos una de las pandemias más terribles, la del SIDA. Como es de público conocimiento, ya ha acabado con más de 60 millones de personas desde que se detectó a finales de la década de 1970. En el año 2015 el Tribunal Supremo de España ratificó la condena a un hombre que infectó a su pareja intencionalmente con el VIH. El acusado era seropositivo y lo ocultó a su mujer. Durante 5 años mantuvieron relaciones sexuales sin protección alguna. Saberlo y no comunicárselo, es decir, actuar deliberadamente, fue lo que justificó la pena de 9 años de cárcel para el imputado.

La transmisión intencionada es el único caso en que ONUSida considera pertinente aplicar la legislación penal. Hacerlo en otros, es condenar por anticipado a sectores vulnerables y conseguir su estigmatización por padecer la enfermedad. Sin embargo, 30 estados de los EEUU tienen legislación específica sobre el VIH, debido a que es el país con más procesos por este motivo.

En febrero de este año, en Argentina un Tribunal Federal absolvió a tres acusados por el contagio masivo de VIH y hepatitis C. Más de mil pacientes hemofílicos, entre 1985 y 1992, adquirieron alguna de las dos enfermedades, debido a las transfusiones con componentes sanguíneos contaminados y usados en los concentrados de coagulación. Las víctimas habían pedido penas de hasta 15 años para los acusados, pero se logró la absolución cuando se cambió la carátula por “contagio culposo” en vez de “contagio doloso”.

El Código Penal argentino establece en los artículos 147, y sucesivos, las penas y carácter de los delitos por lesiones. Distingue las lesiones imprudentes de las dolosas, es decir, las que son hechas accidentalmente o por desconocimiento de las que han sido hechas a mansalva. En el caso de la transmisión de enfermedades sexuales, por ejemplo, hay jurisprudencia del Tribunal Supremo de Justicia: cuando no existe sino el testimonio de la víctima como medio probatorio, esto será suficiente para condenar al acusado. Por supuesto, el papel de cualquier tribunal es evaluar si este testimonio es consecuente, coherente y relevante. Por supuesto, la vía civil es mucho menos árida que la penal en este tipo de casos.

Pero ¿qué pasa en casos de otro tipo de epidemias que no se transmiten por la vía sexual o intravenosa? En junio de 2017 leí el artículo de The New York Times que informaba que el brote de cólera en Haití había sido causado por efectivos que trabajaban para la ONU tras el devastador terremoto de enero de 2010. Habían muerto 316 mil personas y los Cascos Azules comenzaron a llegar para realizar labores humanitarias. Sin embargo, se conocieron evidencias de que el cólera había sido llevado a ese país por las propias fuerzas de la Minustah. Murieron más de 10 mil personas entre agosto y octubre de ese mismo año. Se comprobó que los soldados de Nepal pudieron haber llevado la enfermedad y contribuido a expandirla. Sólo en 2016 la ONU, en la persona de su entonces secretario general, Ban Ki-Moon, asumió su responsabilidad, pero sin nombrar las causas.

El lío judicial ha sido enrevesado. En octubre de 2019, más de 3 mil ciudadanos haitianos y estadounidenses demandaron a la institución, en el divulgado caso “Laverne contra la ONU”. Los demandantes responsabilizan a la organización de haber llevado a 1075 efectivos nepalíes sin haberles hecho exámenes, sabiendo de antemano que en ese país el cólera era una enfermedad que generaba problemas. En 2014 se había presentado una demanda similar que no prosperó pues la defensa de la ONU alegó la inmunidad de los funcionarios ante todo proceso legal. La admisión de Ban Ki-Moon eliminó tal inmunidad y ahora marcha un juicio colosal, aunque este año se ha declarado a Haití libre del cólera.

La bioética es una de las aristas más espinosas de cualquier proceso epidémico. Más aún en una pandemia de las características y dimensiones del Coronavirus. Las discusiones judiciales, si es que se dan, acaban tarde o temprano en veredicto que siempre dejará disgustada a una de las partes. La admisión de la pena, de la que muy bien escribió Carlos Santiago Nino, no es un concepto tan sencillo de asimilar, aún en un contexto liberal. Pero la discusión de cómo nos comportamos frente a la enfermedad, a partir de la conciencia de lo que es bueno o malo para uno mismo y para el otro, es más profunda y difícil.

Durante algún tiempo he tratado temas bioéticos con alumnos de abogacía. No es para nada simple, por cierto, en un contexto local en donde el tema se diluye debido al cariz sensacionalista que suele dársele, de modo reactivo, en medios masivos de comunicación. Lo más intrincado es hacerles entender que no es un ámbito exclusivo de la medicina o de las ciencias naturales, sino que sus principios influyen en cualquier ciudadano: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, que parecen fáciles de enunciar, pero no de aplicar, deberían comenzar a pensarse y a resignificarse en esta contingencia.

En el panorama del Covid-19, que un individuo conozca que puede ser potencial causante de un mal, tan sólo por deambular a su libre albedrío, cometiendo una infracción, es algo que parece menor. Excede lo legal, se somete al espectro de la ética. Esta mañana una amiga, me refería las palabras de una monja budista que lee con frecuencia. El sentido último de la reflexión señalaba que quedarnos en casa era nuestra ofrenda al mundo. La expresión no podía ser más apropiada, al menos desde la rama personalista de la ética que se emparenta con la teología, en especial la cristiana. La misericordia, el entendimiento sagrado de la vida, la condición humanista del cuerpo frente a la enfermedad no son consideraciones menores en estas oscuras horas. En medio de esta cuarentena cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente, sea personal médico-científico o no, toma a diario una decisión bioética.

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