Cuarentena: Día ocho, 27 de marzo de 2020

Esperar el momento en que escribo este diario funciona como un aliciente. Soy muy disciplinada en la escritura cuando se trata de temas laborales, pero he descuidado mucho la de mi interés personal. En términos creativos, lo único que compite con escribir es fotografiar. Mi padre era un fotógrafo amateur muy entusiasta y yo crecí en la época en que la ansiedad por ver las impresiones de los rollos era un estímulo para seguir aprendiendo. Sin embargo, las fotos que mi madre tomaba hasta con desgano, eran mucho mejores que las suyas. Veo la cámara –hoy en día la del celular- como una extensión mecánica que me conduce al registro, algunas veces, y, otras, a la alquimia. Nunca es completamente fiel a la realidad la imagen capturada por un aparato; a veces, una foto es más sublime. Pero ahora, con la Cuarentena, prefiero relegarla y sentarme ante la libreta o ante la pantalla y construir una gráfica de mis ideas. No son muchas este viernes. Ya me siento un poco agotada de la rutina, pero insisto en sostenerla al pensar que estamos en una suerte de cuenta regresiva. ¿La vida no lo es, acaso?

Anoche un vecino de otro piso enloqueció y rompió la tranquilidad del edificio. Comenzó a hablar y a arrastrar y golpear objetos. Su mujer y su hijita lloraban por lo bajo, pero no parecían sorprendidas. Al recordar jornadas previas, en efecto caí en cuenta que algo se venía anticipando. Por fin tomó forma su desesperación: su modo de balbucear indicaba que estaba bajo los efectos de un medicamento para los nervios que no funcionó esta vez. Me temo que el encierro está produciendo una ola complicada y por eso, el presidente del país, aún no anuncia la extensión del aislamiento. Le conté a mi agente inmobiliario si sabía algo, si había leído en el grupo de edificios que administra alguna queja y sólo me respondió, con laconismo: “más de uno habrá de enloquecer y eso forma parte de los efectos colaterales. En mi edificio ayer gritaban dos viejecitas desesperadas porque se les había terminado el vino. Un vecino fue al supermercado y les compró 3 botellas de cabernet sauvignon y 3 de malbec y les dijo, ‘racionalicenlo’. ¿No te parece gracioso?”.

Al mediodía, el anciano de la casa más grande de la manzana puso a todo volumen el equipo de sonido con el himno nacional. En los dos años que vivo en el barrio ya identifico a estos seres singulares. Cada vez que paso por el frente, está sentado en la ventana principal de una casa con fachada de piedra. Tras las cortinas de fina gasa clara, él está sentado y, a su lado, sobre un escritorio, está el aparato y las cornetas. Usualmente se escuchan las pistas de tangos de los años 50 y él, por encima, suele entonarlos con su vibrante voz de tenor. Hace unas semanas entró al bar en donde trabajo. Pidió un cortado en jarrito. Alto, con un cabello blanco y corto, la cara afeitada con cuidado, usaba pantalones de caqui y remera blanca, como si fuera un marino mercante de otros tiempos. No había mucha gente, tan sólo un ingeniero que ya reconozco porque trabaja en mi misma banda horaria y un agente de la policía que suele desayunar antes de empezar su ronda. Al poco rato el anciano les empezó a cantar en voz alta. Al principio, los otros dos celebraron su participación y charlaron un poco con él. Sin embargo, cuando ambos intentaron conversar entre ellos como para “quitarle la idea”, el viejo se levantó y les dijo, con voz de mando: “Guarden silencio, voy a cantar”. Los otros hicieron caso omiso y el tanguero frustrado gritó terriblemente: “¡Silencio! Quiero que me escuchen a mí. ¡A callar!”. Después de repetirlo un par de veces, tal vez dándoles una oportunidad única, él mismo se dio por vencido y se marchó con gran frustración.

El estado psíquico de mis vecinos me alerta sobre el mío: en efecto, me encuentro preparada para cualquier contingencia que involucre estar a solas y en silencio. Eso no indica que pueda desvariar por momentos, olvidar lo que hago para pasar a otra cosa u olvidar el nombre de algún autor; tampoco podría evitar esa práctica de hablar solos en algún momento que, por cierto, es una práctica bastante común y que indica un alto nivel de desarrollo lingüístico y no por eso, una demencia o un estado demencial. Ese silencio es, a fin de cuentas, el estado en el que más de escucha, pero, si no hay un equilibrio previo, puede conducirnos al sueño de la razón, ese que según Goya producía monstruos.

Los del vecino de más arriba son difíciles de precisar, dado que su estructura de lenguaje era incongruente, aunque violenta. En el clímax de su escándalo desafió a su mujer: “Estás jodida, no podés llamar a la policía porque nadie va a venir. Nadie te salvará de mí ni del coronavirus”. Había una maldad consciente que retenía, de eso no cabe duda, un profundo sentido de revancha. Su goce en violentar por razones de género estribaba en lo vulgar: hablaba de la santa de su madre, de su biblioteca maravillosa, y trataba de puta a su esposa, de una puta insatisfecha e improductiva que ni siquiera quería coger. Los lamentables lugares comunes de una sociedad machista y agresiva en extremo que salen de la boca de quienes, hasta que los dicen, son vistos como compañeros en la igualdad. Caen  algunas máscaras en estas contingencias mientras otras son parte obligatoria para resguardarse. ¡Paradojas!

El desquicio de ambos hombres ya estaba latente. La cuestión con ciertas “locuras” es que avanzan con tan eficiente lentitud que es imposible prever sus daños. Y no son efectos fácilmente asimilables, por cierto. Cuesta mucho entender la situación a quienes rodean a una persona que se ha desquiciado. Insisten en buscar razones lógicas y a veces no las hay. Al contrario de un virus, que es extremadamente violento en su modo de replicarse en las células y pervertirlas, la insania mental a veces juega como parásito, carcome a otro ritmo hasta alcanzar el mismo resultado apropiarse de una vida. Estos tiempos han enfrentado a muchas personas con la imagen que de sí mismos tenían y no la pueden esconder como habían hecho hasta ahora. La conducta de estas personas es como los rollos de fotografía antiguos, no se sabe lo que saldrá a la luz hasta que se revelan. Lo difícil es que, para una gran cantidad de seres humanos, estar afuera es tan terrorífico como estar adentro. Pareciera un panorama en el que no hay salvación posible: si no los atrapa el Coronavirus, los arrinconará su propia sombra.

 

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