Cuarentena: Día seis, 25 de marzo de 2020

Hoy tuve que interrumpir la rutina. Debí salir urgida hasta un cajero automático a renovar mi tarjeta de coordenadas, y así continuar mis trámites por banca online desde casa. El cielo estaba bastante espeso, había bajado un poco la temperatura y las calles desoladas parecían cubiertas con una témpera grisácea. A mitad de mañana el tráfico se reducía a dos colectivos deambulando sin pasajeros, tres vehículos de transporte de alimentos y una moto de delivery. De ida me topé con un vecino del barrio y de vuelta con una mujer que arrastraba con dificultad un carrito de compras. De regreso me detuve en una verdulería, vi plátanos y compré dos. Los porteños se han acostumbrado al aguacate (palta) pero aún desconocen todo el provecho que uno puede sacarle al plátano y las propiedades nutricionales que posee. Mucho menos saben los peligros del cultivo de platanales, como la mordedura de las serpientes que se guarecen al pie de cada planta buscando su cálida humedad. La globalización lo ha arrojado en el sur. Conseguirlos aquí prueba cómo opera la expansión de frutos no endémicos en tierras lejanas y cómo los más aptos se imponen hasta ser consumidos por un importante mercado humano. En otras palabras, si hay una cultura del plátano en los lugares de donde proviene, no llega a su destino final y se pierde mucho más que la frescura en el camino. La mayoría de los casos de contagio por Coronavirus en América Latina son importados, es decir, hay un alto porcentaje de viajeros que provinieron de países con altos índices de casos confirmados. Los virus se propagan más rápidamente en una estructura globalizada gracias al transporte intercontinental, pero, al contrario de un alimento como el plátano, está vacío de significado cultural. Será, después de que haga meseta y los gobiernos establezcan reporte cierto de los daños, que se hablará de él en términos histórico/culturales como hoy se habla de la gripe española, de la peste bubónica o del SIDA. Cualquier producto suele penetrar con sutileza los mercados que le son ajenos, pero el Covid-19 tendrá un impacto más visible y dinámico. También adquirirá categoría de mercado: una vez creada, la vacuna se comercializará durante años, productos de higiene se resignificarán y pasarán a estar entre los más necesarios, los aparatos alternativos para asistir a quienes adquieren la enfermedad se integrarán a una cadena de distribución mundial, el ámbito editorial favorecerá la publicación de divulgación sobre el asunto, etcétera. Aún es temprano para prever todos los efectos de la pandemia, mientras tanto el dulzor de un plátano hace de las suyas en mi paladar en este presente limitado por la enfermedad.

 

Coronavirus y Caoplejidad

No podría decir jamás que le tengo respeto a los números; más bien les tengo cierto miedo porque pueden explicar, como no lo puede hacer ni la literatura ni la biología, la belleza y el horror. A finales de la década de 1980 James Gleick inició una veta del conocimiento intelectual denominada “caoplejidad”. Con la mezcla de las palabras caos y complejidad se intentaba explicar que muchos fenómenos son impredecibles, es decir, no lineales en términos matemáticos. Gleick apostó más alto aún: hay fenómenos que no pueden predecirse “mediante un mero estudio de las partes del sistema”. Un ejemplo de esto sería que tal vez el aleteo de una mariposa en el medioeste norteamericano desencadene una serie de hechos que podrían concluir con un monzón en el lejano oriente.

Debo decir que la primera vez que escuché sobre el efecto mariposa como explicación a un fenómeno impredecible fue durante la vaguada de 1999 que culminó en un desastre impensable en Venezuela. Un ingeniero y un meteorólogo trataban de explicar, en un programa de televisión, por qué unas lluvias habían provocado miles de muertes por deslaves e inundaciones. El metereólogo mencionó el efecto y me detuve a investigarlo. Así llegué, primero a Gleick, y luego a Mandelbrot, creador –eso es lo que recuerdo- de lo que hoy conocemos como fractal. Pongamos por caso el Coronavirus: a cierta distancia parecía una neumonía, tal como el gobierno chino advirtió a la OMS cuando el nuevo virus había avanzado sobre Wuhan. Pero a medida que se examinó con más atención, se revelaron detalles más complejos, aunque, por más cercano y detallista que sea el examen, no dejaremos de verlo como una unidad.

Para la humanidad la pandemia del Coronavirus es esa expresión biológica que pone en riesgo su vida. Desde que alcanzó el pico de la curva de contagio en China hasta el día de hoy, miles de artículos revelan los pormenores. Sin embargo, para el común de las personas, por más explicaciones milimétricas que se expongan, no deja de ser un virus que los puede matar. No pueden ni asimilar ni comprender por qué se ha dado y lo que Mandelbrot señala, puede darnos otra mirada: hay leyes muy poderosas en la naturaleza que gobiernan sistemas demasiado complejos y caóticos y que los matemáticos no han podido descifrar aún. Lo que me gustó de Gleick fue su optimismo, pues señalaba que era cuestión de tiempo poder hacerlo, revelar el orden profundo bajo el aparente caos.

El aporte de Gleick consiguió que floreciera una rama de la matemática a cuya sombra crecieron conceptos como la teoría de las catástrofes, esbozada por René Thom. En otras palabras, algunos fenómenos discontinuos pueden ser explicados por simples cálculos matemáticos. En esa misma época también surgió el concepto de criticalidad autoorganizada. Esta teoría física sostiene que pueden explicarse, mediante fórmulas bastante simples, las causas crisis sociales o biológicas profundas; es decir, aquellas que los historiadores consideran como hitos caóticos.

La incertidumbre es lo que profundiza la sensación de caos. La etimología de la palabra indica que proviene del griego kháos, que significa “abismo”. La idea de este espacio tenebroso que existía antes de la creación del mundo se repite en los mitos de culturas muy disímiles en tiempo y geografía. El venezolano Vicente Gerbasi inicia su clásico poema Mi padre el inmigrante con el verso “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, esgrimido con una certeza ajena a las matemáticas, pero, por ese orden no comprendido del todo, conectado con la Italia que hoy llora a miles de víctimas por la pandemia.

No sabemos el tamaño del abismo. Los epidemiólogos aún desconocen si observamos tan sólo la punta del iceberg del virus detectado. En las últimas horas se ha especulado sobre una posible mutación. Quienes hacen cuarentena se preocupan qué pasará con ellos cuando ésta se termine, ansiosos por un posible contagio. Algunos expertos han deslizado la factibilidad de que la mayoría de la población mundial adquiera el virus, de forma asintomática o no. El tema del cálculo, desde la caoplejidad, y de la biología pareciera abrir nuevos temas de discusión.

En ese sentido, tengo ante la pantalla la lectura que, de seguro me va a ocupar unos meses, y que esta tarde me ha enviado un amigo por correo electrónico. Un ensayo del matemático británico, Ian Stewart, llamado El segundo secreto de la vida. Mi amigo escribe lo siguiente: “el texto de Stewart contiene la idea de que existe una ‘geometría profunda’ en la naturaleza al punto de poder traducirse algunos fenómenos como este virus por medio de ecuaciones (…) Habría, según Stewart, la posibilidad de que algunas propiedades de la vida remitan a la física y no a la biología”. En otras palabras, física y matemáticas son tan importantes como la genética para explicar la vida, por ese motivo, surge una nueva disciplina que tal vez podría hallar respuesta pronta ante este tipo de pandemias: la morfomática.

¿Y si el Covid-19 se explicara desde el lenguaje de la física y la matemática y no sólo desde la biología? ¿Si resultara que somos vida artificial y que este virus en realidad no puede ser asimilado sino calculado en instancias de otras disciplinas? ¿Es nuestra imaginación literaria una anticipadora de la gran verdad, de ese complejo orden al que le decimos abismo en nuestra incapacidad de entenderlo? ¿Cómo saberlo? Y, en todo caso, ¿a quién importará?

 

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