Cuarentena: Día tres, 22 de marzo de 2020

Hace una semana, cuando repasaba los cables de las agencias para hacer un reporte del contexto argentino, decidí que daría un último paseo. Fui a un bar de Belgrano, para tomar té con medialunas, trabajar un rato en la laptop y regresarme. El amplio establecimiento estaba prácticamente vacío. Sólo unas cinco mesas ocupadas por solitarios que, como yo, se las veían venir. Desde adentro la calle lucía desvaída, como cuando un objeto pierde la pátina y queda apenas un remedo de lo que fue. Animal de costumbre, me senté en mi mesa habitual. No habían pasado 10 minutos cuando una mujer entró por la puerta principal y, tras ella, un hombre mucho más joven. Miraron todo el local y decidieron ocupar, justamente, la mesa situada tras la mía. Me incomodó, obviamente. Tenían al menos unas veinte mesas para escoger, pero esa, la última, era la indicada. Me di cuenta de que habían hallado la “mesa trampa”. Era evidente que se trataba de una pareja de amantes furtivos. Ella comió una tortilla de papas y él una milanesa con puré de zapallo. Al principio había lagunas de silencio, luego comenzaron a hablar con cierta familiaridad, lo que puso en evidencia de que la relación era de larga data. Ninguna palabra indicaba desmesura. Todo era cordial, aunque seco, pragmático y limpio. Me di cuenta, tras la conversación, que dejarían de verse y estaban finiquitando el vínculo por un tiempo. Una transacción que, a fin de cuentas, me hablaba más de una relación contractual que de una romántica. Ella y él estuvieron media hora, intercambiaron una serie de frases tristísimas sobre terceros, dividieron cuentas, pagaron y salieron. De nuevo ella adelante y él atrás, con su look de muchacho, pero, en ese escaso tiempo, había envejecido al menos 15 años. Ya no había tanta diferencia de edad entre ambos: algo los había equiparado. Al salir no se dieron un beso en la mejilla, simplemente ella puso una mano en el hombro de él, se vieron breves segundos y se separaron. Cada uno tomó una dirección opuesta. La vida continuaba. No me dio para estar más tiempo navegando en la computadora; algo había hecho aguas en mi mente. También pagué, me despedí del mozo amigo y me dirigí a esperar el colectivo. No son tiempos de amor en esta pandemia. Nunca se sabe cuántas inocencias se pueden perder en una misma vida.

 

Otra epidemia de pobres

Como se sabe, y hasta se intuye, los países pobres serán más vulnerable a esta pandemia a largo plazo. La esperanza de algunos epidemiólogos es que la creación de una vacuna contra el Covid-19 esté lista en 12 meses y que, con suerte, se pueda proveer a todo el planeta. Sin embargo, los costos son incalculables aún y, como siempre, no todas las naciones podrán acceder a pagarlas. Tendrían que recurrir a prestamistas internacionales como el FMI que, a todas luces, parece decidido a auxiliar a Europa, pero poco se habla de hacerlo con países del tercer mundo. La solicitud de auxilio financiero por parte del gobierno venezolano ha recibido una rotunda negativa, por ejemplo, y abre una serie de cuestionamientos éticos y muy difíciles de sintetizar en un texto breve como éste.

Por una extraña asociación, esta tarde mientras organizaba la heladera, estuve pensando en la forma de supervivencia de la gente durante la II Guerra Mundial. Tras esta los estados involucrados, todos con pérdidas de vidas y endeudados hasta más no poder, creyeron que podrían recuperar el optimismo y darle a la población alicientes tras tamaño castigo. Recordé cómo en la Inglaterra de posguerra se produjo un estado de bienestar que se resquebrajó en la era Tatcher. Vino a mi cabeza el nombre de Beveridge, un economista formado en matemáticas, a quien se le encargó una reforma al seguro social de ese país.

Fui muy inquieta durante mi formación universitaria. A veces me escapaba de una clase de literatura y me iba a alguna que me interesaba más de otras escuelas. En un año normal era común que, a mitad de la clase, me escabullera para terminar en algún salón de Relaciones Industriales, Sociología o Economía. En una de estas incursiones comencé a leer a Karl Mannheim, a Schumpeter y a Keynes. Tratando de contextualizar el período, di con Beveridge, que me simpatizó por su pragmatismo y por su estudio de la pobreza.

Beveridge, sin dramatizar demasiado, se dio cuenta de que no podían hacerse reformas de fondo del seguro social británico. Su relación con Churchill es bastante conocida, también su vínculo con Keynes y con Rowntree. A él se le debía, en parte, la introducción de pensiones para jubilados y bolsas de trabajo en la legislación de 1911. A mediados de 1941, reunió más de 100 pruebas escritas y organizó más de 50 sesiones de testimonios orales para demostrar la tesitura de las carencias de las personas en pleno conflicto bélico. El informe que resultó de tal esfuerzo señalaba que en el futuro debía existir un servicio nacional de sanidad, subsidio de desempleo y desgravámenes por hijos. La propuesta caló hondo en la opinión pública y gracias a su aprobación, Gran Bretaña mejoró su calidad de vida considerablemente.

Revisando en Internet este informe, encuentro un fragmento que recordaba bien pero no de modo literal: “la pobreza es sólo uno de los cinco gigantes a los que hay que enfrentar si queremos lograr la reconstrucción, y en cierto sentido, el más fácil de atacar. Los otros son la Enfermedad, la Ignorancia, la Ruindad y la Pereza”. Como puede verse, no está escrito en un lenguaje demasiado técnico; más bien, el estilo se acerca al ensayo en la tradición de Montaigne cuando se lee todo. De esos cuatro flagelos, la enfermedad estaba descrita como la madre de la pobreza física. Por supuesto, la influencia keynesiana está más que presente.

Traigo a colación todos estos datos históricos, pero bastante alejados del discurso político actual. La atención sanitaria deficiente genera más pobreza; ergo, una pandemia sin control producirá más pobreza real. La enfermedad produce un pico de muertes en cierto lapso temporal, las cifras nos aterrorizan por su volumen, pero, sin una vacuna que se suministre a los miles de millones de habitantes, serán mayores a mediano plazo. He escuchado los discursos de Merkel y de Macron, incluso las últimas declaraciones de Trump y parece que se han dado cuenta del factor sanitario como movilizador de la economía.

Ese ámbito tan despiadadamente desmantelado, en algunos casos por la privatización y en otros por la corrupción estatal, cobra un lamentable protagonismo. Recordemos, como ejemplo muy conciso y lamentable, que el gobierno de Mauricio Macri eliminó el Ministerio de Salud y lo convirtió en una secretaría, dándole preeminencia a las obras públicas y a la digitalización del Estado. Ahora los puentes, avenidas, viaductos y oficinas están vacíos mientras los hospitales públicos no tienen la dotación necesaria para atender un contingente de infectados a un mismo tiempo. Macri dio un empujón hacia el sótano a la atención sanitaria, que está afectada desde antes de la última dictadura, pero que en términos de estructura gubernamental aún mantenía ciertos mecanismos. Un buen porcentaje de la población hace un esfuerzo considerable para atenderse en el sector privado.

Mientras la gente se preocupa, con todo el derecho, de qué hará en este tiempo o qué pasará con el ingreso para pagar el alquiler si pierde el empleo, la discusión de base parece apelar a las mismas preguntas de Beveridge de hace 70 años. Sin embargo, no todo lo que escribió en su informe fue tomado en cuenta. La pereza, como escribió en su momento, “destruye la riqueza y corrompe a los hombres”. Me temo, así, que, si no se toman medidas pensando en la gente, esta será, otra epidemia de pobres. Tal vez la más grande de la historia contemporánea.

 

 

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