Diario de Cuarentena: Coda

Durante 5 días hice otro tipo de cuarentena. No leí casi noticias, no escuché ninguna emisora informativa, me dediqué a cocinar, coser el dobladillo a unas cortinas de fino lienzo color manteca que habían venido defectuosas y tejer una bufanda. Eso, a la par del trabajo que no cesa, menos en estos tiempos difíciles por venir en materia de generación de ingresos y supervivencia.

Hablé con amigas íntimas en un tono más reflexivo. Además, un grupo de nosotras hicimos una especie de catarsis del pasado, a raíz de una pequeña diferencia de perspectiva sobre una profesora que había sido muy influyente en nuestras vidas y que terminó distanciada de todas. Por distintos motivos, ese tema había permanecido oculto desde la adolescencia y, oh, milagro de la cuarentena, se puso sobre la mesa para atar cabos sueltos. Los grupos de amigos siempre tienen historias muy densas que suceden y que para algunos pasan inadvertidos y para otros están aún en carne viva. Haber hecho esa limpieza fue una revelación porque, hasta en las mejores familias pasan cosas que son objetables y que dejan cicatrices profundas. Y algunos amigos son familiares, son seres que por distintos motivos coincidimos para aprender lecciones.

En Argentina comenzamos hoy una cuenta regresiva para que se levante el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Al menos, eso cree la gran mayoría de la población, pero, tras un episodio confuso y mediado por la falta de organización, es posible que el pico de contagio se adelante. Los jubilados salieron masivamente a cobrar, también otras personas que está muy necesitadas y requieren la ayuda del Estado. Lo insólito es que, si bien hubo una gran impericia en los coordinadores del operativo, la gente no se hace cargo de su responsabilidad cívica. Como dice un odioso periodista llamado Jorge Lanata, uno pone demasiadas expectativas en el criterio de las personas, sean estos funcionarios del Estado, pensionados o familiares de esas personas. La falta de sentido común es tan o más mortal que un virus.

Otra cosa que noté estos últimos días sin escribir es la bronca de la gente hacia quienes mantienen una actitud tranquila durante esta contingencia. No pueden creer que existan personas que puedan resistir estos días bajo encierro. Yo misma he tenido que decir reiteradamente que estoy bien. ¿Cómo no voy a estar bien si me cuido, tengo comida, agua, un techo seguro, una zona abastecida y dinero para pagar este mes de alquiler? Decir lo contrario sería ridículo. La mayoría de las personas que objetan nuestra tranquilidad son las que más recursos y hasta espacio físico tienen. Son las que suelen salir todos los fines de semana a comer afuera, los que tienen personal de servicio que los auxilian en las tareas domésticas, los que tienen autos, viajan varias veces al año y sus cuentas bancarias les aseguran, frente a una crisis más grave, poder mantenerse a flote. Quiero extenderme en esto.

Primera anécdota: Una amiga ya grande me manda la foto de su amarga cuarentena desde un barrio cerrado. En la imagen se ve una enorme pileta, con un predio de césped muy verde y, a lo lejos, el horizonte de un paisaje espectacular. Mi amiga sufre de veras. Sólo puede caminar alrededor del patio y está preocupada porque el jardinero no va a poder llegar para cortar el pasto. Sin embargo, está consciente de que hay gente, siempre, que la pasa peor. Piensa, dice, en las personas que viven hacinadas en casillas, con tres o cuatro niños brincando porque no tienen clases, con cocinas de kerosene, y el riego de incendios por falta de ventilación. No se da cuenta de que un incendio puede ocurrir en cualquier momento del año: ¡Viven así todo el tiempo! Ella, muy informada, se preocupa por mí, porque vivo en un deptito de muy pocos metros. Le digo que estoy bien y no me cree. Su empatía es limitada por su falta de fe. De seguro la engaño y me hago la fuerte. Es inútil convencerla de lo contrario.

Segunda anécdota: un amigo está a cargo a tiempo completo de su inmenso depto. Su auxiliar doméstico está en casa. Así que debe cocinar, lavar la ropa, lavar los platos, alimentar a las mascotas, trapear con desinfectante a cada rato, cuidar que los hijos hagan los deberes, salir a hacer las compras. No duerme bien. Como la mayoría de las personas, incluyéndome, la sensación de extravío temporal la invade y se ha trastocado su horario de sueño. Radicalmente. No se da abasto. Suele escaparse y caminar por horas fuera de su edificio. Me recomienda que lo haga, que me vaya a dar una vuelta, que tome aire. Proyecta mucho de su malestar en los demás; yo no soy la excepción. Luce molesto porque le digo que estoy bien. Le cuento que estoy tranquila. No me cree. Me pone emoticones de incredulidad, me lanza ironías. Soy una persona muy antipática en este momento. Su argumento es: “Claro, no tenés hijos”.

 

Tercera anécdota: una colega integra un grupo de trabajo comunitario. Recibo su petición para colaborar con alimentos o con dinero en un comedor de barrio. La entiendo. Recibo peticiones de esta naturaleza desde el comienzo mismo de la cuarentena. La situación de hambre cabalga desde hace tiempo y la pandemia agudiza aún más el sentido de desamparo. No son vagos, son personas que la vienen remando desde hace años. Tengo muy clara consciencia de clase, pero mi prioridad, en estos momentos, es sobrevivir y ayudar en lo que pueda a mi madre que está en Venezuela. No es nada sencillo, ni simple. No pasa sólo por mandar dinero, hay que asegurarse de que no te lo hurten y que llegue en verdad hasta Caracas. Se lo aclaro. Entiende a medias. El tema venezolano le da vueltas por la cabeza, pero no lo termina de asimilar; hace unos años se burlaba un poco porque no entendía cómo había escasez de papel higiénico y jabón. Hace quince días le parecía inaudito que en Venezuela nadie pudiera salir sin barbijo sin haber stock. Hoy, lamentablemente, en Estados Unidos no hay ni barbijos ni papel higiénico. Tampoco hay alcohol líquido en las farmacias de mi barrio. No se trata de un hecho aislado: las compras nerviosas desbordadas afectan la cadena de distribución y las empresas, al no trabajar a toda su capacidad, no pueden reponer los productos. Finalmente me pregunta si no siento culpa burguesa al no colaborar con su comedor. Yo le digo que no. Al igual que los otros, no me cree.

Ya no me causa gracia tener que explicar que, sin pasiflora, marihuana, valeriana, vino o whisky estoy tranquila. Unos primos me gastan, me toman el pelo y dicen que todo se debe al yoga y a la meditación. Unas amigas dicen que al orar por mis afectos (suelo hacerlo todas las noches antes de dormir, me acostumbró mi abuela) tengo una actitud religiosa que me hace más fuerte. No soy religiosa; sí más espiritual. El religioso reza para no ir al infierno. Una persona espiritual ha pasado por el infierno. Como dice el Dalai Lama: Se llama calma y me costó muchas tormentas. La verdadera causa de mi tranquilidad es ser agradecida. La gratitud es una energía insustituible que te brinda una especie de escudo protector contra la insatisfacción y las expectativas. No doy para que me den, pero si me dan, lo agradezco y retribuyo. Esa manera de entender la circulación de energías es lo que me hace plantar de modo distinto frente a las crisis.

Entonces, vamos de nuevo: Estoy bien. Llorar por las muertes de las personas en esta pandemia, sentir empatía por la gente que sufre y tener, incluso, miedo a la enfermedad es natural. Pero no me causa ansiedad, ni molestia, ni desolación, ni desesperación. No necesito salir para drenar. Incluso, no medito todos los días. No soy mejor por eso, ni peor tampoco. Simplemente es mi modo de llevar mi día a día: así, en un depto mínimo, sin pileta ni césped, que debe lucir miserable y triste para mi amiga; así, sin hijos, algo que debe ser una afrenta para mi amigo (al parecer, soy una mujer incompleta por eso); así, siendo burguesa según mi colega, algo que es objetable para mi colega. En fin, así y todo, con tantos defectos para algunos de mis más cercanos vínculos cotidianos, estoy tranquila. Lamento mucho decepcionarlos, no era mi intención. Pero, mientras esté sana y pueda ayudar a quien me dicta mi conciencia, lo seguiré estando. ¡Agradezco por eso hasta el infinito!

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