Cuarentena: Día doce, 31 de marzo de 2020

Van doce días desde que inicié este diario, pero vivo el confinamiento desde hace quince. He escuchado y visto imágenes de personas perdidas en el tiempo, preguntando la fecha como un chiste que, en el fondo, sólo manifiesta la enorme presión psicológica que todo esto provoca en casi la mitad de la población mundial. De más está decir que ya no tengo ganas de pensar en ciertos temas y que me he escabullido, con más o con menos soltura, de la idea que subyace bajo todos los tópicos: morir.

La muerte de miles de personas ahí, categórica e ineludible. Todos los días mueren miles de seres por causas variadas; no los lloramos a todos y solemos pasar por alto las estadísticas. Nos es ajena cualquier cifra y hemos naturalizado tanto las muertes violentas que no conseguimos sentir compasión. Sin embargo, en una pandemia la singularidad del virus que la produce es el factor común y lo que nos enfrenta, justamente, con la temible palabra.

En mi familia materna hay dos frases reiterativas que nos hacen reír cada vez que hay una reunión: “para morir sólo hace falta estar vivo”, es la más importante. La otra siempre estuvo en boca de mi abuela: “genio y figura hasta la sepultura”. La primera es graciosa porque es lógica y la segunda es lapidaria, literalmente y por eso más hilarante aún. Mejor tomarlo con gracia en tiempos de salud, porque en este momento parecen bromas macabras al tener como telón de fondo el número de bajas diarias que nos sacuden y congelan.

Amaneció lloviendo. Durante la mañana la oscuridad y la humedad le dieron otra dimensión a la jornada. Desayuné y me quedé dormida de nuevo, esperando que mi teléfono se reconectara con la señal. Casi al mediodía desperté, sin sobresaltos, aunque perturbada por un vívido sueño que tenía restos diurnos.

Ayer me pasaron un meme por WhatsApp. Se trataba de un autorretrato conocido de Van Gogh, con el añadido de tener un barbijo que se cae porque cuelga de una sola oreja. Me pareció tan cruel como simbólico y algo de eso se liberó en mi sueño. ¿Estamos escuchando sólo la mitad de lo que está pasando? ¿Por qué al autor de la chacota le provocó jugar de nuevo con la ya desgraciada imagen de una persona que sufría terribles alucinaciones y terminó sacrificando una parte de su cuerpo?

A mí me horrorizó el interlineado de la imagen, aunque comprendo que es sarcasmo puro. No se puede censurar con dureza porque es una manifestación de un resto cultural europeo muy fuerte y muy profunda. Van Gogh es el tío loco de la familia, el raro, talentoso pero incomprendido. A partir de este fin de semana el humor es negro porque hay horror acumulado. Cuando las personas empiezan a leer las historias de los distintos casos, con sumo detalle y atención, ya no pueden evadir la sensación de agobio que nos reduce a simples mortales.

¿Estamos en peligro? No es para tanto, dicen algunos y otros señalan que sí, que podría ser mucho peor si no nos resguardamos. A medida que pasan los días y las personas empiezan a escuchar la otra mitad de la realidad, a ver que el dinero no les alcanza para pagar los servicios básicos o que deben hacer filas infernales en los supermercados para abastecerse, en esa medida, como buenos hijos del rigor, nos damos cuenta de la tesitura del problema en el que estamos metidos.

Atareada como estoy siempre a finales de mes, entre informes y comunicados que debo redactar o corregir, no dejo de pensar en el pintor. En sus girasoles, en sus cipreses, en lo que debe haber representado ser un indeseable. ¿Hemos acabado con las especies animales y vegetales? Sí, obvio. Pero no sólo eso: atentamos contra nosotros mismos por motivos culturales. Somos una especie que se encarga de auto-eliminarse, a partir de un rasgo, de una singularidad, de una interpretación del Otro. Pero lo común son nuestras reservas a morir, nuestra peculiar forma de negarlo, usando escudos humanos simbólicos para esquivarlo.

La única imagen que recuerdo del sueño es que noto que mi oído interior sangró un poquito. Creo que después de escuchar malas noticias, algo se rompió por dentro. Creo que he estado abusando del oído interior tratando de analizar y forzar la búsqueda de respuestas a todo. No se puede, no podemos, aunque sea nuestro mayor esfuerzo, darle cierre a todas las historias que vivimos. Hay un algo que simplemente “no es”. Algo que siempre nos ha de faltar y eso es el misterio.

De modo que la imagen que disparó este brevísimo episodio onírico, la del artista sufrido, me habla no sólo de mí sino de cómo interpreto el contexto durante la reclusión. No siento desesperanza ni tristeza ni angustia. Me siento fatigada en términos de energía psíquica. Lo he conversado hoy con una colega y me dice entre risas que, a partir de ahora, me receta sólo chocolate y música linda por las noches. Trata de espantar el espectro de una gran preocupación que la corroe: su amiga, una paramédica que vive en New York, ha manifestado síntomas del Covid-19 y todo indica que ya se contagió. No lo hablamos, no hace falta, el tema de la muerte es tácito y destructivo.

Este día, sin embargo, ha sido tranquilo. Por la tarde leí el tarot a dos personas que lo necesitaban. Fue liberador porque mi energía no se quedó estancada, sino que fluyó de modo suave. Entré en otra dinámica del lenguaje simbólico y eso me sirvió para diluir la densidad del sueño. Mi método es simple, describo la energía que me comunican las cartas como la sintaxis de una oración: sujeto, verbo, predicado. Me gusta que no me hagan por anticipado preguntas, sino que las piensen y mantengan en reserva. Fueron dos momentos hermosos, algo de belleza brotó de la nada de modo milagroso. Así, en ese intercambio que tiene para mí un valor artístico, “se disiparon las nubes de la montaña” como dice un haiku antiquísimo. Justo cuando miré hacia el ventanal, la lluvia había cesado y mi cuerpo se sintió pleno y renovado. Pero sé que necesito un descanso. Creo que me lo merezco.

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