Cuarentena: Día once, 30 de marzo de 2020

Resignada a la extensión de la Cuarentena obligatoria por quince días más, me levanto muy temprano para leer los cables y los portales de noticias. Hoy es el último lunes del mes y tengo bastante trabajo por delante (y por fortuna). Debo hacer un par de reportes y un informe. Mi labor como agente de prensa es delicada en estos tiempos de alta susceptibilidad. No sabemos cuánto más podría durar esto, si hasta el domingo de resurrección (bastante simbólico, por cierto), si hasta el fin de Pésaj o hasta mayo, cuando se cree pueda alcanzar su máxima altura el pico de contagio.

Una alarma del celular me indica que debo tomar una vitamina que requiero y me doy cuenta de que me falta. “¡Mala mía!”, pienso. Decido salir cerca de las 10 de la mañana. La desolación de la gran avenida que bordea las manzanas próximas es impresionante. Todo está cerrado. La farmacia más cercana también. Debo ir a otra más lejos. El aire está más limpio. Apenas un par de policías hacen ronda. En la botica que encuentro abierta, una mujer amable me atiende, consigue una cajita y me pregunta si quiero algo más. Me da un poco de vergüenza, pero pregunto si hay barbijos y alcohol. No compré cuando debía, tan sólo tengo una mascarilla de albañilería para una emergencia y alcohol líquido. Ha llegado el alcohol en gel y me llevo un frasquito pequeño. Me basta y me sobra porque no pienso salir más, como era mi propósito.

Cuando salgo de allí me regreso de inmediato a mi edificio, no por donde vine sino por encima. Ya que estamos, daré la vuelta completa al circuito. Los supermercados abiertos no tienen gente aún. Aprovecho para comprar una tontería, pero me deja tranquila que estén reponiendo mercancía en las góndolas. El área de vinos y licores está saturada. Me tiento y compro un pinot grigio: estoy decidida a hacerme un buen estofado el día que termine la cuarentena. Cocinar es mi debilidad mientras hago vida hogareña. Estoy comiendo lo justo, lo que prueba bajos niveles de ansiedad por los momentos.

Más tarde, en casa, bromeo con un colega sobre la cantidad de actividades new age, vía streaming, que veo y que empiezan a aburrirme. Por supuesto, exagero, porque no gasto datos en eso, hago uso consciente desde mucho antes de esta contingencia. Uno de los chistes del momento gira en torno a la gente que ofrece de buena gana sus experticias, mientras otros simplemente la miran, pero no la emulan. Yo misma estoy en la onda “noticias del día”, sobre todo para consumo de mis amigos que están en Venezuela, y hoy decidí no hacerla porque me parece aburridísima. Mi amigo me dice, “lo mejor es el chocolate, lo demás que lo hagan los chinos”. Me río con ganas. En verdad, somos de otra naturaleza en este lado del mundo. Hace más de 20 años que estudio el taoísmo y ahora que lo he entendido, necesitaría olvidarlo por unos días y sustituirlo por barras de cacao al 70%.

Hace ya unos años que vivo en otro tipo de confinamiento, una especie de retraimiento voluntario y consciente. Escribir es mi oficio, un oficio solitario al que me he consagrado. Sin embargo, pasear, flanear, también es para mí una parte importante del existir. Ahora que no puedo ni debo, siento un espacio vacante. ¿Por qué debería llenarlo? ¿Una emoción es como un sofá, que puede ser sustituido por otro, por una planta, por una lámpara? ¿Hay que buscarle utilidad y provecho a todo lo que nos pasa? Mantenerse ocupado, haciendo cosas, no es la gran solución para esto que vivimos. Al menos no la única. Me parece que aburrirse también puede ser interesante, mirar el techo y sentirse aplastado por la fuerza de gravedad de los acontecimientos. Vivir la inercia, el naufragio, aprender a aceptar la pasividad como sujetos, a fluir con la corriente, a soltar el control.

En la tarde una amiga muy cercana me envió una app para escuchar el canto de las aves. Le digo que estoy en una zona circundada por árboles y que los escucho cada día al amanecer y durante el ocaso. Ella vive en el centro de la capital, en una zona saturada, de esas que no dejan sino aturdimiento cuando deambulas por allí al mediodía. Me señala que tengo suerte. Yo lo sé desde antes de la pandemia. Desde que vivo en este barrio he limpiado mi cerebro de palabras y de ruidos que me hacían daño. Debo confesar que me siento tan a gusto que ni siquiera escucho música, sólo eventualmente, si me dan ganas de bailar o mientras escribo ficción.

Antes de regresar a casa hablo un ratito con el dueño de un kiosco cercano. Es mayor. Debe abrir cada día, a cuenta y riesgo, para poder llevar dinero a su casa. Su esposa es más grande, no sale desde hace meses. No sé detalles, pero comprendo que lo entristecen. Lee mucho el diario, escucha radio y su pasión es hablar de las noticias locales. Dedicarle unos minutos, a discreta distancia, es lo que cabe. No lo siento como una carga, simplemente debo cuidarlo. Ni un alma circula por la zona durante los breves minutos que conversamos sobre el anuncio de la extensión del aislamiento y el enfrentamiento del presidente con varios empresarios que van a despedir empleados. Un colectivo transita sin pasajeros. Al verlo, sus ojos se llenan de lágrimas. Me dice, con cierta pesadumbre: “¡Qué año, hijita! Pero vamos a salir de ésta”.

Entro un poco apenada al edificio. Entonces me encuentro a Ciro, el nene que vive en la planta baja. Está asomadito tras la puerta; la madre pasa un trapo con lavandina por todo el pasillo. Los saludo y el pequeño me dice: “¡Estoy cumpliendo años!”. ¿Cuántos son?, le pregunto. “Cinco, pero no puedo hacer la fiesta todavía”. No lo dice con tristeza, sino con una sonrisa que ilumina todo. Su madre y yo nos miramos sin decir palabra. Le doy esperanzas: “¡Ah, pero después seguro que harás una fiestita más linda! Cuando la hagas avísame, para darte tu regalito”. Me dice con picardía que me mandará una tarjetita, pero que no le compre autitos porque ya tiene muchos. Atrás queda su risa mientras subo las escaleras y pienso en el extremo contraste de formas de ver la vida que pasaron ante mis ojos y oídos en breves minutos. Son tiempos de emociones encontradas, pero tanto en la inocencia como en la ingenuidad sólo hay una cosa cierta y es el sonido más valioso en los tiempos que corren: mientras haya vida, hay esperanzas.

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