Cuarentena: Día diez, 29 de marzo de 2020

Domingo: los sonidos del campanario lejano me despiertan. Por las rendijas de la persiana se cuela un poco de luz matinal. Me levanto como un resorte, sin noción clara del tiempo. He dormido más de lo que acostumbro. Después de desayunar escribo mensajes a mi madre. La distancia entre ambas se ha acortado estos días, a pesar de que ella vive en Caracas. Recibo sus impresiones que, como las de todos, son profundamente subjetivas, pero crean, todas juntas, un mosaico impresionante de relatos. Ese conjunto de voces aisladas que simulan un fresco de la actualidad no me sirve de mucho, aunque, resignada ya desde hace años a escudriñarlo a diario, es también parte de mi rutina y ahora las circunstancias me lo recuerdan.

Me duelen un poco las manos esta mañana. He escrito mucho en papel, en la notebook y en el celular. Así que por unas horas sólo envío audios a quienes me preguntan algo específico o quieren saber cómo estoy, o responden mensajes después de varios días fuera de línea. Contesto todo, estos días trato de ser eficiente en ese sentido. No dejar “en visto” a alguien más de la cuenta, reencontrar el cauce de algunas amistades con las que me he distanciado porque sí, sorprender a otras con una fotografía linda. En fin, abrazar la gentileza en estas horas en que cada quien hace lo que puede.

Hacia el mediodía escucho involuntariamente a una de mis vecinas pedirle a su hijo, de unos 12 años, un poco de afecto. “Hace días que no me das bola, que ya no me abrazas ni me besas”. Silencio. Luego risas, como de cosquillas. Sigo en lo mío, pero la escena me conmueve. Se trata de una familia tranquila, con dos hijos y dos padres responsables que ayudan a los chicos a hacer los deberes, y una perrita que de vez en cuando hace alguna macana y es sorprendida y regañada como otra hijita.

No son tiempos para debilidades. El pragmatismo obliga a los padres a tomar decisiones constantes sobre cómo mantener la calma frente a sus críos, a sabiendas que pueden padecer ellos mismos un desgaste mental y físico. Leí, justo hoy, que este fin de semana más del 43% de la humanidad está confinada, aislada en su hogar. Las relaciones familiares actuales distan mucho de las que tuvo mi generación. Los nenes son separados de sus hogares a muy temprana edad, van a los centros maternales para ser atendidos por extraños, para convivir desde el inicio con otros chicos como ellos. La paternidad no es una decisión simple y debe pasar el filtro económico. Mantener a un chico es costoso.

Si ese costo fuera sólo económico sería más sencillo. No lo es. Muchos se concentran únicamente en esa dimensión y olvidan, en medio del vértigo de los cálculos y de las dinámicas contractuales, el valor del afecto, del tiempo con los más pequeños. Se les pide a esos chiquitos a asimilar esto con naturalidad. La televisión, en otras décadas denominada como la “niñera eléctrica”, ha sido desplazada por los teléfonos celulares y las tablets. Se consume más tiempo bits y datos que leche materna. Antes de la cuarentena, los ratos libres con los hijos más grandes consisten en compartir conexión digital. A muchos padres se les escapa el desarrollo de la personalidad de sus vástagos y ahora se dan cuenta de que los chicos ya padecen un aislamiento.

Una madre pidiéndole afecto a un chico de 12 años no me sorprende. El contacto físico en estos tiempos está limitado por un virus. En las calles, se guarda distancia prudencial de forma voluntaria y, por eso, en casa se desea tocar, abrazar y besar. Y ser tocados, abrazados y besados como prueba de vida íntima.

Mientras son bebés y hasta cierta edad, los hijos actuales son atendidos con contacto físico. Pero, a partir de la segunda etapa de escolaridad, se modifica esa cercanía y poco a poco hay un distanciamiento. La vida virtual con los amigos sustituye el afecto con los padres, ciertamente, por dos causas psicológicas usuales: por un lado, crecer en experiencia con gente de su edad es más simple; por el otro, como señalan varios psicólogos infantiles, hay varias etapas de desapego que van desde el corte del cordón umbilical y el destete hasta el momento en que pueden escoger su propia ropa. Incluso desde la pedagogía contemporánea está bien visto que las actividades que propician autonomía son positivas en el desempeño futuro.

La cuarentena es global pero los modos de vivirla no. Para una familia latinoamericana el corte simbólico del cordón umbilical es más difícil. El apego y el miedo, mediado por la violencia y la criminalidad, llenan de temor a los progenitores. Sólo un mínimo porcentaje de hijos se puede dar el lujo de recibir una vivienda como regalo o anticipación de la herencia e independizarse temprano. Las restricciones económicas impiden acceder a la vivienda propia y la mayoría de los habitantes de urbes densamente pobladas alquilan o viven bastante tiempo en su casa paterna o materna.

Los condicionantes contextuales del presente estimulan mucho más las neurosis en la infancia. Aclaro que la neurosis infantil, tal como la definió Freud, es otra cuestión que implica a los adultos neuróticos. Lo que me parece es que la clínica se muestra muy dispuesta hoy en día a describir los trastornos, pero no a ver los síntomas neuróticos en los niños. Estos síntomas han cambiado muchísimo en este siglo. Por supuesto que tener un mínimo de lectura sobre comportamiento, y mi formación y experiencia pedagógica me permiten observar estas manifestaciones. Por supuesto, comportamientos neuróticos como fobias, que suelen darse en la infancia, no garantiza adultos neuróticos. Pero, y vuelvo a la intención de esto, hay que considerar que la elaboración del contacto físico ya no pasa por la ternura.

Este aislamiento ha obligado a los padres, en mayor o menor grado, a darles más atención a sus hijos, a replantearse la labor docente, a reflexionar sobre el comportamiento de unos niños que pueden haberse convertido en unos perfectos extraños en muy poco tiempo. Bastan dos años de escolarización para que el niño que llevamos por vez primera a una sala infantil muestre vetas de comportamiento inusitadas que escapan a la influencia del entorno. Tengo amigas madres de niños pequeños y adolescentes y están realmente sorprendidas de lo que han encontrado. Algunos niños son especialmente cariñosos y están felices por la cercanía paterna, pero otros están francamente fastidiados de tener que lidiar con la atención de sus padres porque para ellos sólo son sujetos útiles a sus fines.

Por si fuera poco, la cuarentena ha enfrentado a padres ancianos con sus hijos adultos. Los viejos se encuentran a solas, como nunca, asustados y confundidos, con gran ansiedad. Sus hijos, autónomos, solos o con familia, funcionan desde la operatividad logística, que es muy necesaria pero no suficiente. Las revelaciones sobre los vínculos filiales son atravesadas por la desconfianza, los reclamos de situaciones pasadas que venían soterradas y las escenas de melodrama excesivo que usualmente profundizan situaciones de castración y dependencia. Nada lindo el panorama.

Sumemos a este cuadro lo que sucede con los padres de hijos con capacidades distintas. Es muy difícil lidiar el día a día sin ayuda especializada, con niños autistas, por ejemplo, cuyas rutinas han sido interrumpidas. Ellos necesitan la solidez de un cronograma de actividades diarias que les sirva de eje. No es sencillo mantenerlas en el confinamiento. Tampoco se habla de lo que pasa con los chicos con patologías más complejas, aquellos que deben ser supervisados por personal médico especializado, por ejemplo, los nenes con parálisis cerebral, los hemofílicos, los pequeños que padecen cáncer y deben ser atendidos en los centros oncológicos infantiles. ¿Qué puede hacer la madre soltera de un chico que requiere atención especial y vive en un monoambiente de 30 metros y no puede dejarlo solo? ¿Cómo se hace? Casos particulares también son parte de este despiece que intento describir. Cada persona es importante.

Todo eso me ha pasado por la cabeza esta tarde. Mi madre me ha enviado el video de mi prima más pequeña, de dos años, tratando de hacer un collar con mostacholes.  Hermosa metáfora para este momento: la niñez no requiere de grandes inversiones económicas, pero sí de gran capacidad para entender su esencia y el cariz milagroso que posee. Ahora, mientras escribo este texto el chico de al lado grita “¡Bingo!”. Este domingo ha sido bueno para un niño en este mundo. Supo que sus abrazos y besos son necesarios para una persona que lo ama de veras. La petición no fue hecha por WhatsApp sino a viva y urgida voz. Desde mi pequeño hogar puedo decir que este día fue mejor gracias a eso. He sido contagiada por esa espléndida vitamina vital que es la ternura.

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