Corrientes 348

Tango A media Luz

A media luz, el famoso tango, habla de un departamento de soltero situado en el segundo piso de un edificio discreto, ubicado en Corrientes al 348, entre las calles Reconquista y 25 de mayo. La melodía fue creada por el violinista Edgardo Donato y el autor uruguayo Carlos César Lenzi le dio sentido a una historia mundana con sus versos. Ellos hacían vida en ambas capitales del Río de la Plata y aunque no sería la primera y única vez que la dupla creara  una canción fue, sin duda, la que más satisfacciones y proyección les brindó.

Como casi todo lo que rodea al tango obedece a la leyenda, se dice que la canción fue compuesta en la casa de una próspera familia, en Montevideo, durante el verano de 1925. Donato, sin embargo, señaló en más de una oportunidad que la melodía había surgido mientras viajaba en un tranvía porteño. La pieza fue estrenada en el espectáculo Su majestad la revista  por la cantante Lucy Glory. Unas fuentes dicen que en el teatro Catalunya, otras que en el teatro Albéniz el año previo. Lo único cierto es que la amistad de Donato y Lenzi, surgida en el famoso café Avenida, creó una de las tres canciones más grabadas en la historia del tango, junto con El Choclo y La Cumparsita. Además, le imprimió a un sitio específico de la ciudad un sello que parece ocultarse entre la umbría que brinda el anonimato de las grandes urbes.

Donato, hijo de músicos inmigrantes italianos, fue contratado por la disquera Brunswick con la que trabajó hasta 1932, fecha en la que lo captó para sí el sello Víctor. Durante su trayectoria compuso más de 450 canciones. En la década de 1930 fundó su orquesta y puede decirse que la agrupación estuvo presente en dos hitos del espectáculo porteño. Por un lado participó en ¡Tango!, la primera película sonora argentina, dirigida por Luis Moglia Barth y estrenada el 27 de abril de 1933. Y por otra parte en la inauguración del nuevo Tabarís, en 1937, joya de la arquitectura teatral diseñada por Rafael Sanmartino y fuertemente influida por el art decó, como se observa en su gran fachada vidriada sobre Corrientes al 831.

Para Lenzi, miembro del servicio diplomático de su país en la capital argentina, su primera letra le hizo conseguir notoriedad. Esto le sirvió para escribir otras canciones y, sobre todo, para impulsar sus propias piezas teatrales. Con su compatriota Ángel Curotto escribió La noche Nupcial en 1926, a la que le seguirían otras obras de cierto éxito hasta que, en 1940, Lola Membrives estrenó Yo te amo. Eso sucedió tres años antes de que la actriz dirigiera el Teatro Cómico, en Corrientes 1280, recinto que desde su muerte en 1969 lleva su nombre.

Un par de años más tarde de su estreno, A media luz consiguió el impulso que le faltaba para transformarse en un hito dentro de la historia del género. Carlos Gardel la grabó junto con la primera versión de Caminito, produciéndose un récord de ventas. Desde 1926 la voz del Zorzal Criollo, como se le llamaba ya en ese entonces, había registrado más de cien canciones y las ganancias, administradas por José Razzano le permitieron comprar la única casa que llegó a tener, ubicada en Jean Jeaurés 733 en el Abasto. La canción estableció un profundo nexo entre Lenzi y Gardel, quienes viajaron juntos a la primera presentación del cantante en Francia, nada más y nada menos que en el Teatro de la Ópera de París. Sólo la muerte del Morocho lograría distanciarlos.

Donato y Lenzi no imaginarían la repercusión que aquel tango tendría. Tampoco que la historia relatada le otorgaría a la nomenclatura urbana porteña tan sugestiva connotación. Y mucho menos que su canción crearía un lugar dentro del imaginario, aunque no se tenga certeza si era tal como lo planteó Lenzi. A mediados de la década de 1920 aquel “pisito” que carecía de portero, pero no de teléfono y ascensor, estaba amoblado con suma coquetería: piano, estera y velador, además de una vi(c)trola para convertirlo en el nido de amor ideal. Aún no se había ensanchado Corrientes desde Talcahuano hasta el Bajo, tal como se había dispuesto una década antes. Ni siquiera se había levantado el hotel Jousteen, inaugurado apenas en 1928, y mucho menos habían comenzado los trabajos del edificio Comega, primer rascacielos modernista creado por los arquitectos Alfredo Joselevich y Enrique Douillet y concluido en 1933. De manera que aquel departamento, del que se supone varios artistas de la farándula teatral eran fieles adeptos, había sido convertido en el jardín oculto de los placeres.

Este tipo de recintos había sido adoptado por los poetas modernistas que ocuparon París en los años previos a la Primera Guerra. El mismo Rubén Darío, en sus Prosas profanas lo definía así: “Era en un amable nido de soltero, / De risas y versos, de placer sonoro”. Después de A media luz fue usual su mención en otros tangos como Portero, suba y diga, de Eduardo de Labar y Luis César Amadori, en el que con crudeza la voz masculina señala que ha seguido a su amante para saber “si es cierto que arrastraba mi cariño / con esos niños en esta garçonière”; o el evocador En una petit garçonière de Montmartre, de Enrique Cadícamo y Gabriel Senanes, y que en la voz de Gardel llegó a cobrar una dimensión casi autobiográfica.

Hace bastante tiempo que la garçonière dejó de ser aquel sitio para el amor furtivo y “brujo” entre un hombre y una mujer infieles. El sitio se convirtió en una zapatería y en la actualidad alberga una cochera en cuyo frente se encuentra un reluciente cartel “al firulete”. Mientras tanto, los turistas y los trabajadores de las cercanas casas de cambio y agencias bancarias transitan su indiferencia en busca de transporte o de comida. El ruido de la calle impacta por su estridencia mientras que adentro, en un lugar del recuerdo en dos por cuatro, algo del crepúsculo interior perdura.

 

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