Caracas a la medida

Sastrería Gallipoli y Sanchez

Dueños de una tradición tan antigua como la civilización humana, herederos de rancias cofradías místicas, los sastres caraqueños que sobreviven a la industrialización del traje, y entre uno y otro pespunte, cosen y descosen la ciudad que les sirve de patrón.

Jorge Cano Ramos (1947-2021). In Memoriam.

 

Es cierto. Esto de ser sastre es un oficio elitesco. Pocos de su especie sobreviven en esta época de prêt-à-porter, es decir, listo para llevar. Pero, ¡ay! cuando en la tienda de marca, en la cadena de moda ubicada dentro del mall, ni uno sólo de esos mozalbetes sabe tomar la medida para realizar un impecable ruedo.

En la Historia de la vida privada, un compendio de diez gruesos tomos sobre usos y costumbres occidentales hogareñas, el sastre siempre ha gozado de un importante protagonismo. La indumentaria, según los cambios históricos, exigía profundo conocimiento de la aguja y el dedal, aunque muchos sastres fueran a para a la hoguera en la inquisición, época en la que era sospechoso dar puntadas en días santos, so pena de que se juzgara al oficiante como alma perdida y demoníaca. Por eso todos los sastres saben que cuando el demonio está entre ellos, deben cerrar la sastrería para impedirle hilvanar sus maldades.

 

De alfayates a sastres

Los primeros sastres que llegaron a América Latina en tiempos del establecimiento de las encomiendas de indios y luego de las capitales de los virreinatos y capitanías provenían en su mayoría del sur de España. Andaluces, sobre todo cordobeses, tenían buena fama con la tijera y la escuadra. Conservaban la tradición de muchos siglos de influencia mora, que en su idioma denominaba a estos artesanos “alfayates”, y con los que habían aprendido a usar cintas para medir y pespuntes invisibles.

El historiador Carlos Duarte en un libro sobre indumentaria y vestido en la colonia venezolana, señala que en Caracas los antiguos alfayates o sastres se establecieron, algunos en el centro de la ciudad, en donde, quizá por coincidencia, tal vez por tradición, aún se mantienen algunos. Por supuesto, se diferenciaban de las costureras, que por razones morales sólo cosían para las señoras y señoritas, los mozuelos y los infantes.

Cerca de la esquina más antigua de la capital, la de Maturín, existían hasta hace poco dos de estos establecimientos: la Sastrería Boada, en el edificio Guillermo Smith, y la Sastrería London, en el edificio 51. Desconozco si sus puertas aún están abiertas. En el aparador de una de ellas decía claramente: “Se confeccionan trajes de Caballeros a la medida”. Esta ha sido la divisa que distingue a los sastres de otros profesionales de la costura, como patronistas, modelistas, rematadores y modistas.

En la esquina de Maturín se ubica el aclamado edificio sede de la Logia Masónica, construido en tiempos de Antonio Guzmán Blanco. La primera misa en la ciudad de Caracas fue oficiada justo donde se yergue esa extraña y singular construcción. Muchos de sus miembros se confeccionan trajes en estas sastrerías circunvecinas. El ritual de hacerse un traje es casi Grado 33, porque los sastres son herederos directos de las logias, cofradías de artesanos medievales que manejaban la escuadra, gran símbolo masón. No es de extrañar entonces, que algunos de ellos pertenezcan a estas juntas. “Coser bien es casi llegar a la perfección del entendimiento divino”, anota uno de ellos en uno de lo manuscritos rarísimos hallados en la Biblioteca Nacional, fechado en 1879. Y va más allá: “Ser sastre es un oficio privilegiado; hacer un traje a la medida, es como hacerle un guante al alma”.

 

Repulgue revolucionario

En plena época independentista, Francisco de Miranda buscó aquí y allá algún sastre que le cosiera parte de su exquisita indumentaria. Sin embargo, ninguno de ellos osó prestarle atención. En el Diario de Miranda, hay una mención fugaz a tan insólita indisposición: “Fui a la esquina donde atiende el doctor Miyares y no encontré al sastre que me había recomendado”. El famoso doctor Miyares o Mijares, que hoy le da nombre a la esquina, era cubano de origen y tenía su casa en este sitio. Otras fuentes indican de la existencia de un sastre mulato, liberto, y que también aparece mencionado como uno de los que cosió los primeros trajes de tropa cuando la guerra se declaró.

Los negros que servían como esclavos a estos sastres aprendieron también el oficio. Su rutina consistía en llenar a cada rato las planchas de hierro de carbón ardiente y luego alisar los pliegues y fruncidos de cada traje. En aquella época muchos de los jóvenes –Bolívar, uno de ellos- tenían sastres exclusivos que importaban “revistas” de moda de París para imitar los modelos y hasta los repulgues.

El oficio del sastre fue menguando a mitad del siglo XIX. Las guerras internas, las epidemias y el hambre obligaron a la diezmada población a ocuparse mucho menos de la indumentaria que del ayuno y la penuria a resolver. Con la emancipación de los negros en el gobierno de Monagas, algunos de ellos se mantuvieron junto con sus antiguos amos sastres, ahora como sirvientes o ayudantes. Sin embargo es sólo hasta la llegada de Guzmán cuando la ciudad de Caracas adquiere cierta calma y los sastres se asientan de nuevo, compitiendo con algunos “modistos” franceses que llegaron para quedarse.

 

¿San José Gregorio sastre?

El sastre, de criado de corte y sirviente de amos del valle, pasó a ser obrero de las fábricas que comenzaban a instalarse en la zona textil por excelencia: Maracay. Sin embargo, los avatares de la moda en la clase alta exigían una concentración en el traje a la medida que aún no sobrepasaba el “listo para llevar”, talla estándar.

En alguna carta a su familia desde Nueva York, el mismísimo José Gregorio Hernández describe su felicidad al  poder enviarle a cada uno de sus parientes algunos cortes de tela de primera. De hecho, él mismo se cosía la ropa y hasta alguna que otra risita recibiría a su paso, pues era avant garde en lo que a moda se refiere y solía vestir con colores “escandalosos” para la época. El traje negro con el que se inmortalizó fue confeccionado por un sastre neoyorquino y habla muy poco del verdadero gusto del candidato a santo.

Lo propio sucedió con el famoso Duque Rocanegras, personaje ingenioso que murió prematuramente, pero que además de comprar accesorios en el Almacén Americano, gustaba visitar dos sastrerías, una en la esquina de Gradillas y otra en la esquina de Marcos Parra. También se dice que algunos de sus frac eran elaborados por  un sastre que vivía en la esquina de Natividad, en La Pastora, famoso por coser bolsillos tipo ojal de modo impecable. Dicen que era trinitario.

 

Cincuenta años cortando

Con el devenir de los años las sastrerías le cedieron paso a los almacenes. También es justicia decir que no siempre fue así. Durante la Segunda Guerra Mundial la inmigración que llegó para hacer vida ciudadana y en paz, instaló sus negritas Singer, sus planchas de carbón y sus maniquíes en el centro de Caracas. Una oleada de sastres lusitanos, españoles y sobre todo italianos, llegó para quedarse.

La sastrería Fernando —ubicada en la avenida Las Fuentes de El Paraíso— perteneció desde hace varios lustros a Giuseppe D’Auila. Y de Marcos Parra a Escalinata, en El Silencio, se encontraba la sastrería Rosalinda, iniciada por Guito Santaniello, local que por más de 40 años atendió a sus clientes. En la esquina de Muñoz, en el edificio Libertador, se encontraba la Sastrería Anatómica, famosa entre los artistas de la década de los sesenta, también de inmigrantes españoles. La que dirigía Jorge Cano Ramos, en la avenida Casanova, data de bastante tiempo. Y otra de italianos, más hacia el este, en la avenida Mohedano con calle Sucre, llamada Sastrería Capiello semejaba una stampa di Bari.

Con Jorge Cano hablé una tarde sobre el oficio y, de su maravillosa y bien experimentada trayectoria pude constatar su maestría: apenas mira a una persona, señala, puede saber qué tipo de saco o pantalón le queda mejor; además, confiesa, su clientela más preciada lo ha tenido como artífice de sus momentos más importantes. Graduaciones, matrimonios, primeras entrevistas laborales, todo lo que para un hombre podría representar un hito de su vida, Cano lo convierte en una referencia que queda, con su firma personal, en los escaparates de la vida misma. “Siempre he tenido como meta estar, de alguna manera, presente en cada traje que confecciono y, por eso, vuelco sobre cada género y cada parte de la confección lo mejor de mí mismo”.

Pero si de sastres criollitos se trata, hay que referirse obligatoriamente a dos vestigios de tradición artesanal: la Sastrería Marcos Parra, en la esquina homónima, y la más famosa de todas, Sastrería La Habana, de Reducto a Miracielos, de la que lamentablemente sólo queda un diminuto retazo de lo que cortó la tijera del progreso urbano.

La Habana como nombre de una sastrería no era casualidad. Sastrería El Sol, la más famosa de la capital cubana, exportó muchos sastres a México, Puerto Rico y Venezuela antes y después de la Revolución, especializados en las técnicas anatómicas y fotométricas. Los sastres de Tropicana —bien lo hubiera dicho Joaquín Riviera— llegaron para quedarse transformándose en diseñadores después que llegó Fidel. Pero en este edificio caraqueño, patrimonio de la ciudad desde 2002, una generación de abuelo a bisnieto trabajaba desde la década de los veinte. El orgullo de quienes fueron sus propietarios transformaba el sitio en un museo de la confección de trajes para caballeros. Los hilos sueltos sobre el suelo revestido con añejos mosaicos “a la mozárabe”, indicaban que la actividad fue incesante. Varios trabajadores tensaban y destensaban el hilo según los vaivenes de la política transmitida por la radio.

La tiza marcando el paño, la cinta métrica como serpiente enroscada al cuello, los alfileres regados sobre el mesón y la afilada tijera de costura parecen haberse varado en el tiempo. La historia de los sastres de Caracas puede voltearse como un paltó, puede reformarse a conveniencia como las corbatas, y a veces está cosida en punto invisible. En todo caso hay que halar un poco el hilo para conocer el pespunte.

 

 

Imagen: Sastrería Gallippoli, Sánchez & Co., Luis Felipe Toro, Colección Biblioteca Nacional de Venezuela

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1 Comment

  1. Quedé encantado con este escrito!… Muchísimas Gracias Querida Marso!… 👏🏾👏🏾👏🏾 Te aplaudo de pié y nuevamente mil Gracias por este homenaje a mi padre. Besos!

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