Bio

Soy Marsolaire Quintana, pero desde que vivo en Buenos Aires decidí darme a conocer como Mar. Más breve, más simple, más fácil de entender y, en verdad, muchísimo más poderoso por toda la carga simbólica que posee. Vivo en una ciudad bordeada por un río, yo, Mar, que nací en el inmenso Caribe. He sufrido las pálidas del invierno austral y mi gran padecimiento es la falta de sol. Reconozco muy a mi pesar que lo lumínico determina la mayoría de mis decisiones. Hace trece años vivo en la capital de un país muy disímil del mío en la forma de generar vínculos. Aquí desarrollo pequeños sueños de escritora, mientras más simples y modestos, mucho mejor: no soy ni simple ni modesta y me abro paso a trompicones conmigo misma. Al llegar hasta aquí tuve una pérdida temporal de la identidad. Hace relativamente poco recuperé mi memoria, mis afinidades y mis anhelos. En lo emocional una parte de mí está rota en mil pedazos y las otras piezas persisten, tozudas, en mantenerse unidas a veces contra mi voluntad.

Estudié Letras en la UCAB (Caracas) y luego hice estudios posgraduales en Filosofía e Historia de la Arquitectura y del Urbanismo. En la UNTREF terminé un doctorado en Historia y tengo una amplia experiencia docente universitaria. Sin embargo, me he ganado la vida como escritora y periodista; la pedagogía ha sido sólo un modo certero de disipar la angustia que me producen las carencias del sistema educativo. Puedo decir, siguiendo el hilo, que el grueso de mi experiencia laboral ha sido, fundamentalmente, ofrecer mi vocación para la escritura a medios grandes en distintas ciudades de Europa y América. Así, mis textos terminaron siendo publicados en medios o editoriales de París, Orlando, Caracas, Mérida, Ciudad de México, Buenos Aires, Bogotá, Tucumán, Cartagena de Indias, Montevideo, Córdoba, Granada o La Asunción.

Me siento más a gusto al crear mundos posibles o relatar pequeñas tramas instrospectivas. En otras palabras, me considero una narradora intimista, hago algo que cruza líneas con el ensayo y la poesía en prosa. Si son difusas, mejor. No tengo grandes aversiones literarias pero sí me ofende el arribismo editorial, la vulgaridad de los libros de actualidad que se vuelven obsoletos apenas se lee su contratapa. Y tal vez por esa razón, porque solemos atraer lo que tememos, es que durante algunos años -ni demasiados ni tan pocos- he sido ghostwriter, es decir, escritora fantasma. Aproveché mi experiencia como correctora de estilo, lectora y editora para convertir la idea de una persona en un libro, una carta, un discurso y hasta una tesis. Agradezco no haber firmado algunas cuestiones por el delicioso placer de permacer en el anonimato.

En la actualidad asesoro grandes marcas corporativas como agente de prensa. Tengo en mis manos la responsabilidad de diseñar estrategias y ejecutarlas para conseguir que los medios publiquen notas, entrevistas y reseñas sobre los intereses de mis clientes. Bancos, instituciones estatales, start-ups, think tanks, empresas y plataformas digitales han formado parte de mi cartera en el último lustro. No es un trabajo rutinario como podría pensarse; requiere mucha mano izquierda, capacidad persuasiva, creatividad, innovación. Una ventaja es que entre una actividad y otra me permito mirar el techo y atrapar alguna idea antes de que escape.

Mi otra dedicación es la curaduría editorial y de contenidos. Este es un trabajo con más libertad creativa y de acción. En parte, depende de cuánto un medio o una editorial estén dispuestos a arriesgar al apostar por una publicación. La palabra éxito suele ser una cápsula dentro de imaginarios muy sutiles. Así, decidir cuáles serían los autores, temas, géneros y textos con posibilidades de alcanzar una lectoría importante, es parte de mis experticias. Hago esto desde hace una década, dos o tres veces al año para clientes ya consolidados. Prefiero siempre mantener el bajo perfil.

Confieso: a veces siento que todo eso me separa de mi objetivo principal, la escritura literaria. Acepto que no siempre se puede obtener la totalidad; ir ajustándose a lo que hay no es suficiente, pero me hace entender prioridades. Para que el navío se desplace por las aguas sin hundirse hace falta centrarse: voluntad, esfuerzo y persistencia. También hace falta disciplina (que no me sobra) y valor ante la adversidad (agradezco haberlo adquirido con los años). Aún así, la chispa que hace posible que todo prosiga se llama sano egoísmo, una pequeña virtud en medio de tanto falso altruismo, deslealtades y autoengaños. Lo dice alguien que vive cabalgando nebulosas en pantuflas.

Me gusta hablar de la muerte y sus misterios pero asumo que la vida puede ser un tema mucho más noble. He dejado de reírme de lo externo, no siempre escucho las respuestas que espero pero, en todo caso, aprecio mejor los momentos felices. Incluso aquellos que queman por su breve delicadeza. Los suelo llamar epifanías. Desconozco, con honestidad, si vida hay una sola. Tampoco me quiero devanar los sesos al imaginar que cada trama es premeditada. Por eso evito evangelizar a otros con los principios de mi ética individual o con temas afines a mi cosmovisión ecléctica: astrología, botánica, psicomagia, tarot y gastromagia. La religiosidad que alguna vez tuve se diluyó a tal punto que me considero una sacrílega de buena fe.

No represento a nadie, no soy mediadora de nada, dejé de ser proveedora y facilitadora de recursos materiales y emocionales hace un tiempo. A mí me duele el esternón a veces y a veces necesito alguna oleosa y perfumada sensación de quietud para no rechinar. Ante algunas situaciones prefiero la vieja, pero no desgastada frase de Bartleby: “Preferiría no hacerlo”. Cruzo a nado el mar, el mío, el abrumador y sublime devenir que se me ha concedido. Voy siendo. Voy. Siendo. Nada más.

 

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